julio 15, 2020

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LA FUNCION DE BIENESTAR SOCIAL Y LAS PREFERENCIAS INDIVIDUALES. Apuntes Universidad de Barcelona. (1996)

LA FUNCION DE BIENESTAR SOCIAL Y LAS PREFERENCIAS INDIVIDUALES

Según la definición ya clásica de Lionel Robbins, la economía es la ciencia que estudia la conducta humana como relación entre unos fines jerarquizados y unos medios escasos susceptibles de usos alternativos. Al hilo de esta concepción se plantean una serie de cuestiones relativas a los bienes económicos, que satisfarán las necesidades humanas mediante la utilización de los escasos recursos disponibles: ¿qué bienes se han de producir?; ¿en qué cantidad?; ¿con qué medios?; ¿quién ha de producirlos y consumirlos?

La constatación de la existencia de una serie de fallos e imperfecciones en el funcionamiento del mercado, regido por la “mano invisible”, según Adam Smith, posibilitó la aparición de un nuevo agente económico que respondía a las cuestiones anteriormente planteadas en base a decisiones dictadas por la autoridad: el sector público, el Estado, la Administración o el gobierno, según sus diversas acepciones.   Sin embargo, el hecho de que los medios empleados para alcanzar las soluciones a los interrogantes que nos planteábamos con anterioridad sean las decisiones emanadas de una autoridad, no implica, en modo alguno, el olvido de que el último fin del proceso es la satisfacción de las necesidades de los individuos que componen la colectividad.

En una sociedad compuesta por un gran número de individuos, a cada una de las preferencias sociales posibles le corresponderá un conjunto, integrado por las preferencias individuales de todos los componentes del colectivo.

El concepto de “óptimo de Pareto”

La economía clásica del bienestar se ha apoyado tradicionalmente, en los criterios del economista italiano Vilfredo Pareto, que en 1897 formuló su criterio de óptimo. Este puede ser interpretado como una regla normativa para la decisión social, que permite efectuar elecciones entre pares de situaciones de la economía. El óptimo de Pareto define una situación en la que el “bienestar” de la comunidad aumenta si todos y cada uno de los individuos que la componen se encuentran en mejor situación o si, por lo menos, un individuo se encuentra en mejor situación, sin que la de ningún otro empeore.

En este punto conviene introducir una clasificación conceptual para evitar confusiones en cualquier análisis que utilice la concepción de Pareto. De su propia definición de desprende que, aunque habitualmente se singularice, existe más de un estado o situación social que cumple con las condiciones previstas. De esta manera puede representarse la optimalidad paretiana, si nos limitamos a considerar situaciones estacionarias. No obstante, si queremos ampliar las posibilidades de análisis para poder evaluar los cambios en las situaciones, será preciso introducir el concepto de “eficiencia”. Los cambios en situaciones sociales serán óptimos de Pareto siempre que, como consecuencia de los mismos, todos los individuos mejores su situación, o bien alguno la mejore sin que nadie vea empeorada la suya. La vigencia del criterio de Pareto se ha debido a que su formulación pretende evitar la utilización de juicios de valor en la comparación de bienestar de dos individuos con intereses conflictivos. Sin embargo, un examen atento del criterio de Pareto nos revela la existencia de un juicio de valor implícito: las decisiones sociales deben basarse única y exclusivamente en las preferencias individuales.

La imposibilidad de un liberal paretianio

Fácilmente puede apreciarse que la principal desventaja que presenta la utilización de los criterios paretianos reside en que es perfectamente posible que una economía con enormes desigualdades en el nivel de renta de sus habitantes esté en una situación óptima según dicho criterio, en la medida en que los grupos de bajo nivel de renta no puedan estar mejor sin disminuir de alguna manera el “bienestar” de los grupos  de renta elevada, caso sumamente probable.

La necesidad de realizar comparaciones interpersonales de utilidad para solucionar las cuestiones de elección social fue el motivo que A.K. Sen abogara por la definición de una función de decisión social que aceptara la existencia de libertad personal para la actuación individual en ciertos temas, aceptando que en las elecciones sobre tales asuntos esas decisiones son las mejores para la sociedad en su conjunto.

Las comparaciones interpersonales de utilidad suponen que es perfectamente posible afirmar que un individuo A obtiene un mayor nivel de utilidad que un individuo B. Este principio es más exigente que el definido por Pareto, según el cual se establecen comparaciones entre la utilidad de diversas combinaciones de bienes, pero sin establecer valoraciones cuantitativas sobre las mismas. La “comparación interpersonal” de la utilidad requiere que sea posible medir o cuantificar la satisfacción obtenida por distintos individuos, para lo que sería necesario disponer de una unidad de medida aplicable a todos ellos, concepto inexistente hoy en día y de problemática definición. Debido a estas dificultades, la teoría moderna de la utilidad no incorpora la cuantificación  de preferencias de los consumidores ante los bienes disponibles.

Con su análisis, Sen demostró que cuando las preferencias individuales muestran tendencias a la intromisión, el principio de Pareto es incompatible incluso con un mínimo liberalismo. En cualquier caso, a pesar de los intentos de Sen, Rowley y Peacock, la mayoría de economistas  se muestran reacios a abandonar el principio de Pareto por los axiomas liberales como medio para resolver el dilema de la elección colectiva.

El teorema de la imposibilidad de Arrow

Si deseamos encontrar soluciones racionales y equitativas a los problemas planteados por le elección social, parece claro que los criterios paretianos no resultan adecuados para nuestros propositos. Es necesario establecer un conjunto razonable de condiciones, o restricciones, sobre el número indefinido de funciones de bienestar social que pueden existir, con el fin de operar con un número manejable de las mismas.   El premio Nobel de Economía Kenneth J. Arrow fue el pionero en la adopción de este tipo de enfoque, y llegó en su estudio a una conclusión que a priori puede considerarse sorprendente: el establecimiento de una serie de restricciones sobre las funciones de bienestar social, o procesos de elección social, que puedan ser consideradas razonables, e incluso deseables, demuestra que existen incompatibilidades entre las mismas; por lo tanto, no existe ninguna función de bienestar social que cumpla simultáneamente con todas las condiciones impuestas, o, lo que es lo mismo, cualquier función de bienestar aplicable a un determinado proceso de elección colectiva debe violar, al menos, una de las “condiciones razonables” impuestas por Arrow.

A partir de una serie de proposiciones plausibles, Arrow establece un conjunto de postulados que definen lo que sería una función de bienestar social deseable. Examinémoslo individualmente:

  1. Dominio universal o no restringido. Existe alguna alternativa “universal” u, tal que para cualquier par de otras alternativas x e y, y para cada individuo, cada una de las seis posibles ordenaciones estrictas de u, x e y está incluida en alguna ordenación admisible de todas las alternativas de un individuo.
  2. Transitividad. La función de bienestar social debe proporcionar decisiones consistentes. Es decir, que si a es preferible a b y b es preferible a c, a debe ser preferible a c.
  3. Unanimidad. Si a la preferencia de un individuo no se opone ninguna preferencia contraria de cualquier otro individuo, esa preferencia será la que represente la ordenación social.
  4. Ausencia de dictadura. Cuando los componentes de un grupo o colectividad manifiestan una determinada preferencia ningún individuo debe gozar de una situación que le permita imponer a la sociedad en cuestión su propia preferencia entre dos alternativas cualesquiera.
  5. Independencia de alternativas irrelevantes. La elección entre dos alternativas cualesquiera debe depender de las ordenaciones de los individuos de esas dos alternativas y no de sus ordenaciones.

            El teorema enunciado por Arrow establece la imposibilidad de que ninguna función de bienestar social satisfaga los cinco postulados.

El problema de las votaciones cíclicas

Un procedimiento que resulta de gran utilidad para solventar el problema comentado y para la obtención de alguna solución definitiva es el de la cuenta de Condorcet, en las que las alternativas se votan de dos en dos, enfrentándose la que sale vencedora con una nueva alternativa, y así sucesivamente hasta llegar a una opción que no puede ser derrotada por ninguna de las restantes, que es la que se considera mayoritaria y que será la respuesta a la cuestión planteada por elección social.

Aplicando a nuestro ejemplo la cuenta de Condorcet, podemos empezar votando entre cualquier par de alternativas. Si existen limitaciones temporales sobre la duración del proceso de elección, o limitaciones de tipo institucional que afecten al proceso de votación, por ejemplo que una alternativa derrotada no pueda volver a someterse a votación dentro del mismo proceso electoral, el resultado alcanzado mayoritariamente como consecuencia de la elección será plenamente arbitrario y aleatorio, y dependerá del orden en que se presenten a votación las distintas alternativas, dando lugar a soluciones socialmente inconsistentes, que estarán fuertemente condicionadas, por el grado de poder y las estrategias electorales que adopten los distintos individuos o grupos de En el caso de que exista una votación cíclica, la elección social dependerá, como hemos dicho, del orden en que se voten las alternativas, hecho que indirectamente puede estimular la votación estratégica, donde cada individuo o grupo deja de votar de acuerdo con sus propias preferencias al objeto de lograr una situación en la que el resultado dependa del orden en que se consideren las alternativas.

La inconsistencia de la solución hallada para nuestro ejemplo se manifiesta, tal como expuso Arrow, en la violación de uno de los postulados “razonables” que establecimos: en este caso, la condición de transitividad, pues siendo A sea preferible a M y M preferible a B, la transitividad exige que A sea preferible a B , cuando puede ocurrir justamente todo lo contrario.

Hemos puesto de relieve algunos de sus inconvenientes que se derivan de la existencia de votaciones cíclicas; sin embargo, algunos autores como Buchanan hacen mención de un aspecto positivo común a este tipo de procesos: la restricción que supone para evitar que la mayoría imponga persistentemente su voluntad a las minorías.

A pesar de lo que puedan inducir a pensar los comentarios anteriores, la paradoja de Arrow no es una realidad insalvable; existen algunas vías de solución que permiten una superación de la misma.

El postulado de unanimidad es también restrictivo, en el sentido de que limita las posibilidades de elección a los puntos situados sobre la frontera de óptimos de Pareto; la sustitución del criterio de unanimidad por cualquier otro, que debe ser a la fuerza menos exigente, no evitará la aparición de ciclos en las votaciones a no ser que se establezca un mecanismo adecuado a tal efecto, siempre que sea aceptado por la generalidad.

 

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