FUKUYAMA ¿ EL FIN DE LA HISTORIA? Apuntes de la Universidad de Barcelona (1996)

F. Fukuyama 

¿ EL FIN DE LA HISTORIA?

Cuando de observa el flujo de acontecimientos del último decenio, no queda más remedio que pensar que algo muy fundamental ha ocurrido en la Historia mundial. El triunfo de Occidente queda patente ante todo en el agotamiento total de alternativas sistemáticas viables al liberalismo occidental. Es posible que lo que estamos presenciando no sea simplemente el final de la guerra fría o el ocaso de un determinado período de la historia de la posguerra, sino, el último paso de la evolución ideológica de la humanidad y de la universalización del sistema liberal occidental como forma final de gobierno humano.

El concepto de fin de la historia no es nuevo. Su divulgador más conocido fue Karl Marx. Pero Marx lo tomó prestado de Hegel. Para bien o para mal, gran parte del historicismo de Hegel ha pasado a formar parte de nuestro bagaje intelectual contemporáneo. La desgracia de Hegel es que ahora se le conoce principalmente como precursor de Marx y la muestra es que pocos de nosotros lo conocemos directamente.

Kojève trató de resucitar al Hegel de La fenomenología del espíritu, el Hegel que proclamó que la historia acabaría en 1806. Hegel identificó la victoria de Napoleón sobre la monarquía prusiana en la batalla de Lena con el triunfo de los ideales de la Revolución francesa y la universalización inminente de un Estado que asumiera los principios de libertad e igualdad. Kojève, lejos de rechazar a Hegel a la luz de los turbulentos acontecimientos del siglo y medio siguiente, insistió en que este último había acertado en lo esencial.

El idealismo de Hegel en manos de pensadores posteriores tuvo unos resultados no muy brillantes. Marx invirtió completamente la prioridad de lo real y lo ideal, relegando todo el ámbito del conocimiento, – religión, arte, cultura, la propia filosofía- a una superestructura totalmente determinada por el modo material imperante de producción.

Cuando observamos el mundo contemporáneo que nos rodea, la pobreza de las teorías materialistas del desarrollo económico se hace demasiado patente. Si no se entiende que las raíces del comportamiento económico y la cultura, se cae en el error habitual de atribuir causas materiales a fenómenos que por su naturaleza son esencialmente ideales.

Para Kojève, como para cualquier buen hegeliano, entender los procesos subyacentes de la historia exige entender los avances en el campo del conocimiento de las ideas, puesto que el conocimiento acabará por volver a crear el mundo material a su propia imagen. Decir que la historia acabó en 1806 significaba que la evolución ideológica de la humanidad acababa en los ideales de las revoluciones francesa o norteamericana y si bien un régimen determinado del mundo real podía no ser capaz de llevar plenamente a la práctica estos ideales, su verdad teórica era absoluta y no podría ser mejorada.

¿Hemos llegado realmente al fin de la historia? En otras palabras, ¿existen contradicciones fundamentales en la vida humana que no pueden resolverse en el contexto del liberalismo moderno y que podrían resolverse mediante una estructura político-económica alternativa? Si aceptamos las premisas ideológicas antes planteadas, debemos buscar respuesta a esta pregunta en el campo de la ideología y del conocimiento.

En el siglo pasado, los dos grandes retos a los que se ha enfrentado el liberalismo han sido el fascismo y el comunismo. El primero consideraba la debilidad política, el materialismo, la falta de propósito, identidad y valores éticos, y la falta de comunidad de Occidente como una de las contradicciones fundamentales de las sociedades liberales que sólo podía resolverse mediante un Estado fuerte que forjara un nuevo pueblo sobre la base de la exclusividad nacional. La II Guerra Mundial destruyó el fascismo como ideología viviente. Por supuesto fue una derrota a nivel muy material, pero también constituyó una derrota a nivel ideológico.

El desafío ideológico que representaba la otra gran alternativa del liberalismo, el comunismo, era mucho más serio. Marx, utilizando el mismo lenguaje que Hegel, afirmó que la sociedad liberal poseía una contradicción fundamental que no podía resolverse en su propio contexto, la contradicción entre el capital y el trabajo, que siempre ha constituido la principal acusación contra el liberalismo. Pero desde luego, el problema de las clases se ha resulto con éxito en Occidente.

Como resultado de la menor importancia del tema de las clases sociales, se puede decir que en el mundo occidental desarrollado, el atractivo del comunismo es menor hoy de lo que ha sido desde que terminó la I Guerra Mundial hasta la fecha. Se puede alegar que la alternativa socialista nunca ha sido plausible para el mundo del Atlántico Norte y que en las últimas décadas se ha mantenido principalmente gracias a su éxito fuera de esta región. Pero es precisamente fuera de ésta donde más nos llaman la atención las grandes transformaciones ideológicas. No cabe duda de que los cambios más notables se han producido en Asia.

La primera alternativa asiática al liberalismo, que fue aplastada rotundamente, era la fascista encarnada por el Japón imperial. El fascismo japonés, al igual que su versión alemana, fue derrotado por las fuerzas norteamericanas en la Guerra del Pacifico. Estados Unidos, victorioso, impuso una democracia liberal en Japón. Cuando se trasladaron el capitalismo y el liberalismo político occidentales a Japón, fueron adoptados y transformados por los japoneses hasta tal punto que apenas eran reconocibles.

El éxito económico de otros países asiáticos en vías de industrialización que han seguido al ejemplo de Japón es ya una historia conocida. Desde el punto de vista hegeliano, lo importante es que el liberalismo político ha seguido al liberalismo económico, aunque más lentamente de lo que muchos habían supuesto, de forma inevitable.

Pero el poder de la idea liberal estatutaria sería mucho menos impresionante si no hubiese contaminado la más amplia y antigua de las culturas de Asia, la china. En este momento China no podría considerarse en absoluto como una democracia liberal. Pero cualquiera que conozca los puntos de vista y el comportamiento de la nueva élite tecnócrata que gobierna la China actual sabe que el marxismo y sus principios ideológicos han perdido virtualmente toda relevancia como líneas directrices de la política, y que por primera vez desde la revolución, el comunismo burgués tiene verdadero sentido de este país.

Deng ha conseguido evitar  la crisis de autoridad que ha acompañado a la perestroika de Gorbachov. Sin embargo, el empuje de la idea liberal sigue siendo muy fuerte, a medida que el poder económico se va desarrollando y que la economía se abre más al exterior.

Desde el punto de vista de la historia mundial lo importante respecto a China no es el estado actual de la reforma ni sus perspectivas futuras. La cuestión fundamental es que la República Popular China no puede seguir actuando como estandarte de las fuerzas antiliberales en el mundo, se trate de guerrillas en alguna jungla o de estudiantes de clase media en París.

Si estos cambios en China han sido importantes, fueron, sin embargo, los últimos acontecimientos en la Unión Soviética, la patria original del proletariado del mundo, los que han acabado enterrando la alternativa que el marxismo-leninismo ofrecía a la democracia liberal.

Lo que ha ocurrido en los últimos cuatro años, desde que Gorbachov llegara al poder, ha sido un asalto revolucionario a las instituciones y principios más fundamentales del estalinismo y su sustitución por otros principios que per se no son propios del liberalismo, pero cuya única conexión es el liberalismo.

Ahora los miembros de la actual escuela dominante de economistas soviéticos están virtualmente de acuerdo en que la planificación central y el sistema de asignación de fondos son la causa principal del fracaso económico, y que para el sistema soviético cicatrice, debe permitir la toma de decisiones libre y descentralizada respecto a las inversiones el trabajo y los precios.

Ahora bien, en el ámbito político, las enmiendas a la constitución soviética que se han propuesto, las modificaciones del sistema legal y de las normas del partido significan mucho menos que el establecimiento de un Estado liberal. Gorvachov se ha referido fundamentalmente a la democratización en el ámbito de los asuntos internos del partido y no ha demostrado tener intención de poner fin al monopolio del poder del Partido Comunista; de hecho, la reforma política trata de legitimar y, por tanto, fortalecer las normas del Partido Comunista. Gorvachov ha afirmado repetidas veces que lo que se está haciendo no es más que intentar restaurar el sentido original del leninismo, pero con ello parece haber caído en los conceptos de doble sentido de Orwell.

Es muy fácil entender a Gorbachov cuando afirma que está tratando de volver al verdadero Lenin: habiendo fomentado una dura denuncia de las doctrinas de Stalin y Breznev, como origen de las actuales dificultades de la U.R.S.S., necesita algún punto de la historia  soviética en el cual anclar la legitimidad de la continuidad del PCUS en el gobierno. En la actualidad, la Unión Soviética no podría considerarse en ningún modo un país liberal o demócrata, y tampoco parece que sea demasiado probable que la perestroika tenga tanto éxito que esta etiqueta llegue a servir en un futuro próximo. Pero al final de la historia, no es necesario que todas las sociedades se conviertan en sociedades liberales con éxito, sino simplemente que pongan punto final a sus pretensiones ideológicas de representar formas distanciadas y superiores de la sociedad humana.

Si admitimos por el momento que el comunismo y el fascismo, rivales del liberalismo, han muerto, ¿queda algún otro oponente ideológico? O, planteado de otra manera, ¿existen en la sociedad liberal otras contradicciones que no se puedan solucionar? Dos posibilidades saltan a la vista: la religión y el nacionalismo.

En el mundo contemporáneo sólo el Islam ha presentado un Estado teocrático como alternativa política tanto del liberalismo como del comunismo. Pero su doctrina no tiene demasiado atractivo para quienes no son musulmanes y es difícil pensar que el movimiento pueda adquirir importancia universal.

La otra contradicción fundamental que el liberalismo es potencialmente incapaz de resolver es la que plantea el nacionalismo y otras formas de conciencia racial y étnica. Pero no está claro que el nacionalismo represente una contradicción irreconciliable en el seno del liberalismo. La amplia mayoría de los movimientos nacionalistas mundiales no poseen otros objetivos políticos que el deseo negativo de independencia respecto de otros grupos de personas, y no ofrecen nada parecido a un programa general para la organización socioeconómica.

Si bien es imposible excluir la aparición de nuevas ideologías o de contradicciones antes inadvertidas en las sociedades liberales, el mundo actual parece confirmar que los principios fundamentales de la organización socio-política no han progresado demasiado desde 1806.

¿Cuáles son las consecuencias del fin de la historia para las relaciones internacionales? De hecho, de acuerdo con una conocida escuela académica de la teoría de las relaciones internacionales, el conflicto es inherente al sistema internacional en cuanto a tal, y para entender las probabilidades de un conflicto hay que analizar la fórmula del sistema más que el carácter específico de las naciones y regímenes que lo constituyen. Los partidarios de esta teoría toman las relaciones existentes entre quienes participan en la balanza clásica de poderes en Europa en el siglo XIX como modelo que podría ser el mundo contemporáneo sin ideología. El comportamiento expansionista y competitivo de los estados europeos del siglo XIX partía de una base no menos liberal, lo único es que la ideología que guiaba este comportamiento era menos explícita que las doctrinas del siglo XX.

Desde la Segunda Guerra Mundial, el nacionalismo europeo ha quedado desacreditado y descartado de la política exterior, como consecuencia de ello, el modelo de comportamiento de las grandes potencias del siglo XIX se ha convertido en un anacronismo grave.

La vida internacional de la parte del mundo que ha llegado al final de la historia se preocupa mucho más de los asuntos económicos que de los políticos o estratégicos. Los estados occidentales desarrollados se empeñan en mantener las instituciones de defensa, y en el período de posguerra han tratado por todos los medios de ejercer su influencia para enfrentarse a una amenaza comunista a nivel internacional. Sin embargo, este comportamiento ha venido dictado por una amenaza externa de estados con ideologías absolutamente expansionistas y no se produciría en ausencia de éstos.

Esto no implica en ningún caso el fin de los conflictos internacionales per se. En efecto a este nivel el trabajo quedaría dividido entre la parte histórica y la parte poshistórica. Podrían seguir existiendo conflictos entre estados que están en la historia actual y conflictos entre estados que han llegado al fin de la historia.

Aunque reconozcamos su inevitabilidad, mis sentimientos hacia la civilización que se creó en Europa a partir de 1945, con sus ramificaciones norteamericana y asiática, son de lo más ambivalente. Quien sabe si esta misma perspectiva de siglos de aburrimiento, al final servirá para que la historia vuelva a empezar.

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Author: paradigma5

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