El liberalismo 1. liberalismo y neoliberalismo.

Ahora bien, por paradójico que parezca, los pocos intelectuales que aceptan definirse como «neoliberales» —por ejemplo, históricamente Alexander Rüstow (1950) o en la actualidad Brad DeLong (1999) o Samuel Hammond (Smith, 2017)— son intelectuales que presentan el neoliberalismo como una tercera vía entre el liberalismo tradicional y el socialismo, esto es, como una especie de socialdemocracia o socioliberalismo: economía de mercado globalizada más Estado de bienestar[1].
Sin embargo, la palabra ‘neoliberal’ ha perdido mucho de su significado original y, de hecho, ha sido fuertemente asociada con la ausencia de regulación: un absurdo para los que conocen sus orígenes basados en la regulación[2].
Introducción y resumen
Ciertos principios que hoy se consideran contrarios al neoliberalismo fueron, sin embargo, algunos de los pilares del mismo. Actualmente y en general, se asume que el neoliberalismo pretende eliminar el estado y acabar con todo tipo de control y de regulación estatal. Tal suposición, empero, se olvida de una parte importante de la historia del liberalismo, y de los debates Lipman (1938) y Mont-Pèlerin (1947). Personalmente, siempre había asumido esta tesis como verdadera, pero una conferencia de Axel Kaiser del 4 de enero de 2016[3], que se posicionaba contra de ella, despertó mi curiosidad, descubriendo que, en relación con esta cuestión, había todo un campo de conocimiento que se debaría estudiar con cierto detenimiento, aunque no se pudiera profundizar en él. De hecho, no podemos entender el liberalismo contemporáneo sin saber algo de su relación con el neoliberalismo. Pero este trabajo no se trata de un texto académico que pretenda descubrir nada, ya que todo está descubierto. Sólo falta divulgarlo y esta historia, creo, ha de interesar tanto a aquellos que se consideren liberales o neoliberales, como a aquellos que se oponen a ambas ideologías. Al final, la crítica sólo es verosímil si se basa en un conocimiento informado de los hechos y de las ideas. Debo advertir, sin embargo, que este post, cuya función es divulgativa, no se basa en fuentes directas de los autores neoliberales ni liberales, sino en textos académicos homologados que estudian el tema. Si cae en algún error de valoración y alguien quiere mencionarlo, no tendré reparo en modificar lo que sea necesario siempre que se remita a una fuente fidedigna.
En todo caso, la visión despectiva que asimila el neoliberalismo al ultraliberalismo no viene de la nada, sino que es fruto de todo un proceso histórico que se inició tras la primera Guerra Mundial. Aunque, por una parte, el neoliberalismo forme parte de todo el conjunto de ideologías de la familia liberal, hay liberales que no lo consideran como tal, sino que lo clasifican como algo similar a la socialdemocracia o con cierta tendencia a socialdemocracia, tal y como nos ha explicado Juan Ramón Rallo. Por otra parte, fuera del ámbito liberal, se le asimila a ultraliberalismo, o como una forma extremadamente radicalizada de liberalismo, principalmente desde la izquierda.  ¿Cómo es esto posible? Es posible porque en realidad, cuando hablan de “neoliberalismo”, unos y otros hablan de cosas distintas. Los liberales lo identifican con determinados autores que pensaban reformar el liberalismo dándole una dimensión social, que pretendía amparar a aquellas partes de la sociedad más vulnerables. Por la parte de la izquierda, que es la que domina el discurso público en la actualidad, se le identifica con aquellas políticas económicas que se supone que empezaron con Margaret Thatcher y Ronald Reagan.
Para entender cómo se ha llegado a esta contradicción es necesario dar un repaso a la historia del liberalismo, principalmente a partir de finales de los años veinte del siglo XX. Debemos empezar por los Coloquios Lippmann donde se supone que se acuñó el término “neoliberalismo” asociándose al socio liberalismo; seguiremos con el debate de Mont Pèlerin, donde el término fue casi repudiado, ya que no triunfaron sus tesis; y acabaremos con el Consenso de Washington (y el concepto de “gerencia pública”), ya que a partir de entonces el neoliberalismo fue considerado directamente como un análogo al ultraliberalismo.
El origen del término
Parece que no hay un acuerdo sobre quien utilizó el término por primera vez. Hay quien supone que fue acuñado por Louis Roger en los Coloquios Lippmann de 1938. Por otro lado, se afirma que Hans Honegger lo había utilizado ya en 1925 en Tendencias de las ideas económicas. También se atribuye a Alexander Rüstow, que se refirió a él en un discurso a la Asociación de Economía de Alemania en 1932 titulado Economía libre, estado fuerte. En el debate de 1938, sin embargo, se propuso establecer la nueva doctrina podía llamarse “liberalismo positivo”, “liberalismo social”, o “neoliberalismo”[4].
El Coloquio Lippmann (1938)
Como vemos, el neoliberalismo de Lippmann y Rougier es profundamente diferente del liberalismo tradicional. Se trata de un liberalismo intervencionista modernizado, más humano, consciente de las tareas que se imponen al Estado en las condiciones de hecho creadas por el gran capitalismo y la democracia. Dicho liberalismo sería susceptible de reclutar adeptos en los medios populares que se habrían alejado del viejo liberalismo debido a su inadaptación al mundo moderno, su desconocimiento de las exigencias nacionales y su ausencia de sensibilidad social. Este nuevo liberalismo (neoliberalismo) rejuvenecido y ampliado recobraría así la posibilidad de ejercer sobre la evolución de las sociedades la acción que tuvo a finales del siglo XVIII y principios del XIX, y que posteriormente perdió. Pero la dificultad a la cual se corre el riesgo de enfrentarse –y que ya brota en el libro de Lippmann– es la fijación de la línea fronteriza que separaría este liberalismo social del intervencionismo y del socialismo. Así como la demarcación era fácil cuando se trataba de las posiciones estrechas y rígidas del viejo liberalismo, se vuelve vaga el día en que se considera como compatible con la doctrina liberal un programa de acción positiva del Estado en el orden económico y una subordinación de las preocupaciones de utilidad y de riqueza a inquietudes de poder nacional o justicia social[5].
Por un lado, el punto de partida del debate era la preocupación que suscitaba el avance del totalitarismo y el colectivismo (fascismo, nacional socialismo y comunismo), que iban ganado prestigio y fuerza. Por otro lado, también había un cierto consenso a la hora de considerar que el liberalismo clásico había provocado demasiadas tensiones sociales, y se rechazaba el laissez-faire, laissez-passer, aunque sin rechazar la filosofía liberal en su fondo (quizá fuera éste el hecho mismo que explicaba el avance de las doctrinas antiliberales), y ello a pesar de que también existían divergencias relevantes entre los participantes de coloquio. También se admitía una transferencia de riqueza desde el consumo para fines públicos, siempre que ésta fuera conocida y aceptada públicamente[6]. Walter Lippmann fue uno de los críticos del liberalismo tradicional, y consideraba que se había degradado. En la práctica se producían numerosas distorsiones que imposibilitaban una verdadera libertad de mercado. Por  ejemplo, se podía engañar a los consumidores sin consecuencias. Ello implicaba que podría ser necesario castigar al vendedor cuando esto sucedía. Era imprescindible, también, preservar la paz, la estabilidad y el bienestar social. Para solucionar todos estos problemas, convenía crear un estado democrático y constitucional, fuerte y defensor del interés general [7]. Las reformas que alentaban algunos participantes de debate eran tan profundas que incluso se llegó a barajar el término “liberalismo de izquierdas” como denominación para esta nueva etapa del liberalismo, aunque fue rechazado inmediatamente por considerarse demasiado partidista.
La estabilidad político-social es un ejemplo de una de las instituciones de Röpke y Müller-Armack, sobre las que se basan los libres mercados. Es una condición necesaria para hacer negocios, que se manifiesta en el imperio de la ley y la seguridad de la población. Además de crear un ambiente para los negocios, también hay que preocuparse del bienestar total de la gente. Para muchos, esto implica el acceso a sistemas básicos como los del salud, educación y jubilación. Además, se trata de relaciones pacíficas dentro del país, de modo de que no haya gran tensión entre diferentes grupos sociales (etnias, razas, clases, etc.)[8]
Alexander Rüstow, por su parte, ya había dado una conferencia en 1932 a la Asociación de Economía de Alemania (Economía libre, estado fuerte). Allí criticó el intervencionismo estatal, que consideraba ineficiente, a la par que bloqueaba la libertad de mercado, pero también enfatizó la necesidad de una fuerte regulación para imponerle un comportamiento positivo al libre comercio. Así, el gobierno era vital para prevenir las fallas del mercado dejado a su suerte
Aunque este liberalismo social no fue, en general, el triunfador dentro del ámbito liberal, no se puede negar que influyó en determinadas políticas económicas posteriores. Milton Friedmann, por ejemplo, alentó las regulaciones para resolver las distorsiones del mercado y la implementación de políticas sociales para posibilitar la estabilidad, y creía necesario amparar a las clases más pobres[9].
Podemos representar el modelo liberal de 1938 en oposición con el liberal mediante el suigiete gráfico:
El debate de Mont Pèlerin (1947)
El triunfo tardío de Hayek y de Friedman en el plan ideológico se hace en ruptura con el viejo neoliberalismo de la década de 1930 (Audier, S., 2012: 326, 366). Así, por ejemplo, en el coloquio de la SMP (Sociedad Mont-Pèlerin) organizado en Michigan en 1975 para celebrar al maestro recién novelizado, el viejo Machlup hace un balance muy orientado y troncado de la Sociedad. En efecto, no dice nada acerca de la perspectiva “neoliberal”, “intervencionista” e incluso “social” de Rappard, Hunold y Röpke, que habían formado parte de la Sociedad. Todo se centra en la figura demiúrgica de Hayek como si hubiera sido el único iniciador de la Sociedad. Los nombres de los alemanes, suizos, franceses e italianos son borrados de la fotografía. Un ocultamiento que es muy revelador de las discordias en el seno de la SMP en los años sesenta del siglo pasado. Además, el homenaje a Hayek se hace precisamente en el momento en que Friedman adquiere un gran prestigio, al grado de eclipsar parcialmente a Hayek: durante la década de 1970 el maestro de Chicago se vuelve el más notable entre los liberales extremos, incluso antes de la obtención del Nobel en 1976[10].
A una buena parte de las reformas presentadas por los “socioliberales” se oponían Mises y Hayek. En Mont Pèlerin se produjeron muchas tensiones, ya que predominaban las tesis menos receptivas a aceptar las propuestas de 1938, promovidas, entre otros, por Röpke y Rüstow, ello a pesar del consenso más o menos implícito que existía a la hora de considerar que las fuerzas del mercado, por sí mismas, no bastaban para sostener una economía verdaderamente libre y competitiva. En este sentido, en las siguientes reuniones, la Sociedad Mont Pèlerin se iría alejando cada vez más de las propuestas del Coloquio Lippmann: no había un acuerdo entre aquellos que defendían la implantación del libre mercado y aquellos que, sin dejar de ser liberales o conservadores, se preocupaban mucho más por la protección social[11].
La Sociedad Mont Pèlerin, inicialmente, era como una plataforma con alcance social limitado, bastante ignorada por los poderes públicos en una época en la cual predominaba el intervencionismo keynesiano. Pero fue saliendo del ostracismo, y sus ideas irían adquiriendo, cada vez más prestigio. La influencia de la Escuela de Chicago, de Hayek y de Friedman propició el triunfo de estos en los debates de la Sociedad Mont Pèlerin de 1975. Como consecuencia, toda la perspectiva intervencionista y social fue casi ignorada, y sus defensores relegados al olvido[12]. Por otra parte, el término “neoliberalismo” perdió reconocimiento dentro del ámbito liberal, siendo igualmente olvidado. Posteriormente, fue rescatado por los antiliberales, modificando substancialmente su significado. 
El Consenso de Washington
Pero aquello que con más fuerza cargó al término “neoliberalismo” de connotaciones negativas que la izquierda no dudo en politizar proviene, principalmente, de las propuestas que surgieron del Consenso de Washington:
En primer lugar, este consenso consiste en la enumeración de unas cuantas medidas y su importancia radica en que las medidas ahí enumeradas sirvieron como una especie de imagen del neoliberalismo de los ochenta, con la novedad política que implicaba en esa época la implementación de las reformas neoliberales. Lo segundo, aunque esto ha servido de imagen programática para describir el neoliberalismo de dicha época, y hasta cierto punto de definición operativa del neoliberalismo en general, no era –en realidad– un programa propuesto por Williamson, sino que pretendía ser una síntesis empírica de lo que estaba pasando en las reformas realizadas hasta 1989. De hecho, Williamson explica que intentaba enumerar los elementos que según su opinión generarían consenso entre los expertos de los organismos de Washington, sobre la política económica en América Latina, y no tanto ofrecer un manifiesto neoliberal[13].
Las medidas del consenso venían a ser las siguientes:
1/ Disciplina presupuestaria (rechazo al endeudamiento y a las medidas contracíclicas).
 2/ Cambios en las prioridades del gasto público (los subsidios se eliminan y se enfoca el gasto en educación y sanidad).
3/ Reforma fiscal (bajar la recaudación y mantener un mínimo de recaudación integral no proporcional).
4/ Tipos de cambio (liberalización y bajas tasas, lo que resultó en la práctica una contradicción).
5/ Tipo de cambio real competitivo (tendiente a la liberalización completa, pero con matices).
6/ Liberalización comercial (se promueven las importaciones y se eliminan protecciones a la industria nacional).
7/ Apertura a la inversión extranjera directa.
8/ Privatizaciones de empresas públicas, bienes y servicios de uso público.
9/ Desregulación de la actividad empresarial y financiera.
10/ Aseguramiento de los derechos de propiedad[14].
En este sentido, cuando hoy se habla de neoliberalismo, se tiene en mente todo este conjunto de propuestas o de otras similares, pero debemos saber alguna cosa más de dicho programa, del por qué y del cómo. En primer lugar, hay que saber el porqué del Consenso de Washington, y esto se ha de explicar en pocas líneas. El hecho es que los países latinos se habían implementado políticas proteccionistas que no funcionaron. Además, había una gran hostilidad a la entrada de capitales extranjeros y se desató una profunda crisis en la deuda externa. Se produjo, así, un descontrol déficit, el estancamiento de los mercados financieros y el cierre de los mercados de bienes a la competencia internacional. A eso debemos sumarle la presencia de empresas estatales ineficientes, etc.[15] Más allá del caso latino y a grandes rasgos, la transformación del orden económico mundial también obedeció a problemas de índole estructural, que se mostraron en el desequilibrio económico de la mayor parte de los países, en el estancamiento, en la caída de la productividad mundial y como consecuencia de la crisis en el sistema monetario internacional, sin olvidar el incremento en los precios del petróleo que causó problemas de liquidez en los estados no productores. Los desequilibrios macroeconómicos se tradujeron en problemas de inflación, bajo crecimiento económico, deterioro de la productividad, desempleo y desequilibrios de la cuenta corriente en la balanza de pagos. […]
La Conferencia de Washington se celebró en 1989. EL objetivo era el de establecer determinadas reformas que permitieran el crecimiento en Latinoamérica, y se presentó un programa de ajuste. Era de inspiración neoliberal (entendiendo el término “neoliberalismo” más como un sinónimo del “liberalismo” de la Sociedad Mont Pèlerin que al de los Coloquios Lippmann).[16] Se destacaba el papel de la iniciativa privada, se trataba de proteger a los inversores extranjeros frente a posibles intervenciones de los estados de la zona, se desmontaban los modelos proteccionistas y se promovían las privatizaciones. En teoría, los estados podían rechazar la adopción de estas medidas y de otras añadidas, hechas en virtud de los intereses de los países industrializados, pero si no se aceptaban las reformas, tampoco se podía acceder a los créditos de rescate[17] Más allá del caso sudamericano, los cambios que se proyectaban también iban dirigidos a solucionar problemas de carácter internacional, como el estancamiento, el descenso de la productividad mundial y la inflación, esto entre otros[18].
Al final, este proyecto se sustentaba sobre 3 suposiciones: 1/ El sector privado gestiona mejor que el público, por ello se debe minimizar el estado. 2/ Las economías de los países deben abrirse al mundo y a la globalización. Esto traerá capital y tecnología a las naciones. 3/ El enriquecimiento continuado de los grupos más favorecidos hará que la riqueza se vaya extendiendo a todas las capas sociales, en forma de cascada riqueza, que iría cayendo de lo más alto a lo más bajo. De esta forma, se promoverá el bienestar social de forma más eficiente[19].
Pero las medidas del Consenso no funcionaron en todo aquello que se habían propuesto. Las trasformaciones que se produjeron en la economía durante los años 90 las dejaron fuera de juego. No se logró el crecimiento económico prometido, y el problema de la pobreza. En la Chile de 1990 alcanzó el 41%[20], y la desigualdad se agudizó. No se corrigieron los problemas sociales, y ello a pesar de las medidas adiciónales que se tomaron a posteriori. No he encontrado una gráfica oficial que corrobore el dato de la pobreza chilena de 1990, pero he encontrado otro que expone que en 2006 era del 29,1%. Aunque después fue bajando, esto cuestiona el presunto éxito de la política económica de Pinochet[21] (cosa no debe hacernos olvidar que la tasa de inflación del Chile de Allende alcanzó y superó el 600%).
La gerencia pública
Del mismo modo como la empresa lucrativa atiende preferentemente al mercado para ser lucrativa, la administración pública sólo será eficiente proveyendo bienes y servicios cuando sea rentable. Es decir: para ser rentable debe orientarse al cliente; para orientarse el cliente debe evadirse de su nicho burocrático y situarse en el mercado. Debe, en suma, adoptar la Nueva Gerencia Pública como su mentor y así incorporarse a los progresos de la economía neoclásica globalizada[22].
Una de las estrategias los liberales para modernizar la economía se basaba en la denominada “gerencia pública”. El sistema de gerencia pública se fundamenta en la idea de que los servicios públicos prestados por el estado deben funcionar de la misma forma que la empresa privada, en concurrencia en el mercado y obteniendo beneficio. Esto, por un lado, sería el indicativo de una gestión eficiente y, por otro, de que se trataba de un servicio verdaderamente demandado por la sociedad. La idea general era la de considerar el estado como un proveedor de servicios y, en este sentido, la categoría primordial del administrado ya no sería la de ciudadano, sino la de cliente, que toma decisiones comprando servicios (podríamos decir que se vota con la demanda). Pero esto también implica que los servicios y la producción de públicos al final deberían privatizarse.[23]
El significado actual de “neoliberalismo”
“Se usa peyorativamente, despectivamente, para referirse a cualquier iniciativa que propongan economistas más partidarios al mercado libre [o] cuando en un mercado no hay contrapesos estatales… y la función del estado es muy pequeña, especialmente en mercados donde hay fallas del mercado[24].”
El neoliberalismo acabó provocando una reacción adversa que no sólo llevó a la aparición de gobiernos intervencionistas, sino, también, de gobiernos socialistas (Venezuela). Y en tanto que las políticas del Consenso se habían asociado al término “neoliberalismo”, se contribuyó al desprestigio del mismo y a su cambio de significado.
De esta manera, cuando hoy hablamos de “neoliberalismo”, pensamos en un modelo económico y social en el cual el estado no interviene ni en el desarrollo de la economía, o está desaparecido o, si interviene, es para favorecer a los poderosos en detrimento de los más débiles. Ha venido a transformarse en una palabra dotada de unas connotaciones casi tan negativas como la de “fascismo”, y muchas veces se los identifica, ignorando que los regímenes fascistas eran altamente intervencionistas. Probablemente, esta identificación ha sido posible gracias  al hecho de que se asociara la dictadura de Pinochet a las medidas económicas promovidas por la Escuela de Chicago:
Antes del mediodía del miércoles 12 de septiembre de 1973, los generales de las fuerzas armadas que desempeñaban cargos de gobierno tenían el plan sobre sus escritorios» Las propuestas que aparecen en ese documento final se parecen asombrosamente a las que hace Milton Friedman en Capitalismo y libertad: privatización, desregularización y recorte del gasto social; la santísima trinidad del libre mercado. Los economistas chilenos habían tratado de introducir estas ideas pacíficamente dentro de los confines del debate democrático, pero habían sido rechazadas de forma abrumadora. Ahora los Chicago Boys y sus planes habían vuelto en un clima mucho más permeable a su punto de vista radical. En esta nueva era no era necesario que nadie estuviera de acuerdo con ellos. Sus opositores políticos más enconados estaban o encarcela-dos o muertos o huidos; el espectáculo de los cazas de combate y las caravanas de la muerte mantenía a todo el mundo a raya[25].
Así, tanto dentro de ámbitos académicos como fuera de ellos, podemos encontrar ejemplos de caracterización del neoliberalismo como doctrina antisocial:
Su anonimato es causa y efecto de su poder. Ha sido protagonista en crisis de lo más variadas: el colapso financiero de los años 2007 y 2008, la externalización de dinero y poder a los paraísos fiscales (los «papeles de Panamá» son solo la punta del iceberg), la lenta destrucción de la educación y la sanidad públicas, el resurgimiento de la pobreza infantil, la epidemia de soledad, el colapso de los ecosistemas y hasta el ascenso de Donald Trump. Sin embargo, esas crisis nos parecen elementos aislados, que no guardan relación. No somos conscientes de que todas ellas son producto directo o indirecto del mismo factor: una filosofía que tiene un nombre; o, más bien, que lo tenía. ¿Y qué da más poder que actuar de incógnito?[26]
Los defensores del neoliberalismo afirmaron que un mercado mundial sin regulaciones traería una mejora en el nivel de vida de todas las personas. En realidad, esta idea la expresaron de un modo más metafórico: dijeron que la marea de riqueza que este nuevo orden de cosas iba a producir, pronto levantaría a todas las embarcaciones. No repararon (como se afirma en el “Informe del desarrollo humano” del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, de 1997) que, mientras que los yates y los transatlánticos no tardaron en ponerse a la altura para responder a las nuevas oportunidades, muchas balsas y botes de remos de agua y acabaron por hundirse.[27]
En todo caso, estamos ante un debate terminológico que consistiría en determinar si realmente se puede identificar el término “neoliberalismo” al de “ultraliberalismo”, a las medidas del Consenso de Washington o si, por el contrario, debería reducirse a sus postulados iniciales. También debería estudiarse hasta dónde llega la contradicción entre los dos significados. Sin embargo, aunque considere importante conocer la historia del liberalismo y de sus variantes, también creo que lo que realmente domina nuestras economías no es ni el liberalismo ni el neoliberalismo. Realmente, en los niveles más importantes de la economía ni siquiera existe una autentica libertad de mercado, sino un sistema de planificación y control social ejecutado por determinados agentes (en competencia entre ellos, pero con intereses comunes) que utilizan e instrumentalizan todas las ideologías políticas, los estados y las organizaciones no gubernamentales, desde la izquierda hasta la derecha, en su favor, incluso en sus concepciones más supuestamente radicales y antisistema. De hecho, cabe sugerir que el liberalismo, así como cualquiera de sus modalidades, es imposible de llevar a la práctica. Creo que es como una utopía (o distopia, según muchos) irrealizable. Una sociedad donde abunde la pobreza está condenada al fracaso, es un fracaso en sí misma, y la teoría de la cascada de la ríqueza, factor del que depende el éxito de la sociedad liberal, es otro sueño tan alejado de la realidad como el paraiso comunista. Nunca habrá tal cascada, como mucho, algunas goteras. El liberalismo es un modelo social y económico, pero todo modelo político llevado a la realidad se distorsiona. La realidad social no se deja encapsular por ninguna teoría ni ningún modelo, los resultados de la aplicación de las mismas siempre son impredecibles e inesperadas, ya que siempre habrá variables que no habrán sido tomadas en consideración. Y esto les sucede a todas las ideologías y a todas las teorías económicas y sociales. Explicar esto es trabajo para otro artículo, pero si consideramos, además de ello y por un lado, que toda ideología aborda la realidad desde una perspectiva y, por otro, que la realidad es multidimensional y que no es posible ni comprenderla en su totalidad y complejidad desde un único punto de vista, podemos entender también que ninguna ideología ni ningún programa social podrá alcanzar todos y cada uno de sus propósitos, si no es que se estrella con la realidad estrepitosamente y provoca más daños de los que pretende resolver.
[1]Rallo, Juan Ramón. Liberalismo (Spanish Edition) . Grupo Planeta. Edición de Kindle.
[2] Christina Park Park. ¿Tiene Chile una Economía Neoliberal? SIT Graduate Institute/SIT Study Abroad. SIT Digital Collections. 2013
[3]https://www.youtube.com/watch?v=twPq4AgZh9M
[4] Salinas Araya, Adán. Debates Neoliberales en 1938. El Coloquio Lippmann. HERMENÉUTICA INTERCULTURAL. REVISTA DE FILOSOFÍA Nº 26, 2016. ISSN: 0719-6504 pp. 57-91
[5]Héctor Guillén Romo. Los orígenes del neoliberalismo: del Coloquio Lippmann a la Sociedad del Mont-Pèlerin. Economía UNAM vol.15 no.43 Ciudad de México ene./abr. 2018
[6] Omar Guerrero. NEOLIBERALISMO Y NEOGERENCIA PÚBLICA. REAd | Porto Alegre – Vol. 25 – Nº 2 – Mayo / Agosto, 2019 – p. 4-21
[7]Christina Park Park. ¿Tiene Chile una Economía Neoliberal? SIT Graduate Institute/SIT Study Abroad. SIT Digital Collections. 2013
[8]Christina Park Park. ¿Tiene Chile una Economía Neoliberal? SIT Graduate Institute/SIT Study Abroad. SIT Digital Collections. 2013
[9]Christina Park Park. ¿Tiene Chile una Economía Neoliberal? SIT Graduate Institute/SIT Study Abroad. SIT Digital Collections. 2013
[10] Héctor Guillén Romo. Los orígenes del neoliberalismo: del Coloquio Lippmann a la Sociedad del Mont-Pèlerin. Economía UNAM vol.15 no.43 Ciudad de México ene./abr. 2018 e
[11] Salinas Araya, Adán. Debates Neoliberales en 1938. El Coloquio Lippmann. HERMENÉUTICA INTERCULTURAL. REVISTA DE FILOSOFÍA Nº 26, 2016. ISSN: 0719-6504 pp. 57-91
[12] Salinas Araya, Adán. Debates Neoliberales en 1938. El Coloquio Lippmann. HERMENÉUTICA INTERCULTURAL. REVISTA DE FILOSOFÍA Nº 26, 2016. ISSN: 0719-6504 pp. 57-91
[13] Salinas Araya, Adán. Debates Neoliberales en 1938. El Coloquio Lippmann. HERMENÉUTICA INTERCULTURAL. REVISTA DE FILOSOFÍA Nº 26, 2016. ISSN: 0719-6504 pp. 57-91
[14] Salinas Araya, Adán. Debates Neoliberales en 1938. El Coloquio Lippmann. HERMENÉUTICA INTERCULTURAL. REVISTA DE FILOSOFÍA Nº 26, 2016. ISSN: 0719-6504 pp. 57-91
[15]Rubí Martínez Rangel, Ernesto Soto Reyes Garmendia. El Consenso de Washington: la instauración de las políticas neoliberales en América Latina.  Política y Cultura, primavera 2012, núm. 37, pp. 35-64
[16]Rubí Martínez Rangel, Ernesto Soto Reyes Garmendia. El Consenso de Washington: la instauración de las políticas neoliberales en América Latina. Política y Cultura, primavera 2012, núm. 37, pp. 35-64
[17]Rubí Martínez Rangel, Ernesto Soto Reyes Garmendia. El Consenso de Washington: la instauración de las políticas neoliberales en América Latina. Política y Cultura, primavera 2012, núm. 37, pp. 35-64
[18]Cruz Soto, Luis Antonio. Neoliberalismo y globalización económica. Algunos elementos de análisis para precisar los conceptos Contaduría y Administración. ISSN: 0186-1042 revista_cya@fca.unam.mx. Universidad Nacional Autónoma de México, México.
[19]Rubí Martínez Rangel, Ernesto Soto Reyes Garmendia. El Consenso de Washington: la instauración de las políticas neoliberales en América Latina.  Política y Cultura, primavera 2012, núm. 37, pp. 35-64
[20] Christina Park Park. ¿Tiene Chile una Economía Neoliberal? SIT Graduate Institute/SIT Study Abroad. SIT Digital Collections. 2013
[21]Desarrollo Sostenible. Reducir la pobreza en todas sus formas. Gobierno de Chile. Ministerio de desarrollo social. Noviembre de 2018
[22]Omar Guerrero Orozco. El fin de la nueva gerencia pública. Estado, gobierno, gestión pública. Revista Chilena de Administración Pública / N° 13, junio 2009
[23]Omar Guerrero Orozco. El fin de la nueva gerencia pública. Estado, gobierno, gestión pública. Revista Chilena de Administración Pública / N° 13, junio 2009
[24]Francisco Castañeda.  Director de Relaciones Internacionales de la Universidad de Santiago de Chile. Christina Park Park. ¿Tiene Chile una Economía Neoliberal? SIT Graduate Institute/SIT Study Abroad. SIT Digital Collections. 2013
[25]Klein, Naomi. La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Madrid. Editorial Planeta. 2007. p. 112
[26]George Monbiot. Neoliberalismo: la raíz ideológica de todos nuestros problemas. El Diario.es 1/5/2016
[27]Juan Carlos Pardo Pérez y Alfonso García Tobío. Los estragos del neoliberalismo y la Educación Pública. 52 Educatio, n.º 20-21, diciembre 2003
N/A

2 thoughts on “El liberalismo 1. liberalismo y neoliberalismo.

  1. Muy interesante, una muy buena base de partida, para reflexionar mucho, mucho, sobre las realidades socio-politico y económicas ya conocidas y experimentadas en todo el mundo, fuera de rimbombantes exposiones teoricas para contrastar su éxito o fracaso….socio-político y económico a lo largo de su aplicación en el tiempoy en los países y las sociedades reales.

    No importa tanto, el bonito papel de regalo y los bonitos lazos de los bellos discursos teóricos, como la realidad ya contrastada de cada uno de ellos.

    Hay ideas tan poliédricas, con tantas interpretaciones , que al final es muy difícil , saber la verdad de lo que pretenden decir u ocultar, para su propio beneficio.

    1. Efectivamente. La realidad es una cosa y lo que se pone sobre el papel es otra. Pero debemos comprender lo que se pone sobre el papel. También hay que considerar que no se pueden atribuir intenciones maléficas a quien piensa distinto y no creo que Rüstow quisiera crear una sociedad donde unos se enriquecieran sin límites y otros se murieran de hambre. Otra cosa es que las ideas al final no acaben de funcionar y sus resultados mucho peores de lo que se pensaba.

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