La teoría de Las caras de la realidad

Las caras de la realidad no es una teoría en un sentido estrictamente científico, sino una hipótesis que nos puede ayudar a interpretar los fenómenos naturales, culturales, sociales y espirituales de la vida y el mundo. En consecuencia con ello, no puede ser verificada en el mismo sentido en que puede ser verificada una teoría de ciencias naturales, de manera que solo puede ser llamada “teoría” en un sentido muy amplio del término.

A pesar de ello, es uno de los pilares sobre los que se asientan mis trabajos, puesto que creo que tiene un componente empírico. Se trata, concretamente, de los grandes éxitos de las diferentes culturas, que han prosperado tanto en la historia como en la prehistoria, aun a pesar de percibir el mundo de formas muy distintas.

Además, también podemos ver que la ciencia se ha desplegado en un innumerable conjunto de departamentos y especializaciones para abarcar la realidad, y eso se aplica tanto a las disciplinas sociales como a las naturales. Eso significa, por sí mismo, que debemos ver la realidad y la vida desde diferentes puntos de vista para entenderla, y aunque sea imposible abarcarlos todos, cuánto más abramos nuestra mente, mejor la comprenderemos.

Hacer lo contrario sería equivalente a mirar el universo únicamente con un telescopio de luz visible y pensar que lo vemos todo. En realidad, para comprender el cosmos necesitamos telescopios de diferentes longitudes de onda, tanto los de microondas, los de ondas de radio, los de infrarrojos y los telescopios de luz visible, o de luz ultravioleta.

En este sentido, Las caras de la realidad considera que la realidad es multidimensional, y se despliega en infinidad de caras, dimensiones y esferas. Por esta razón, hacen falta muchos puntos de vista, muchas creencias, muchas ideologías y muchas metodologías distintas para llegar a tener una visión más o menos severa o completa de ella.

También son necesarios sistemas de comprensión mucho más espirituales, como son el arte, la poesía o la religión. Esta teoría tampoco se olvida de las emociones, ya que estas nos conectan con las cosas y los demás (a veces de forma válida, otras de forma tóxica), y también nos ayudan a comprender las cosas en tanto que se relacionan con nosotros.

En general, Las caras de la realidad parte de un supuesto primordial: que cada cultura descubre cosas valiosas y distintas de la vida y la naturaleza. Además, considera que las experiencias que acumulan los pueblos, en su interacción con el mundo y el universo, son formas distintas de transitar por la realidad, y perspectivas que destacan fenómenos y elementos importantes que pueden pasar desapercibidos a otras culturas que observan el mundo desde otras visiones.

Por último, Las caras de la realidad también entiende que nuestra vida no se puede comprender sin nuestros vínculos con la naturaleza, tal y como ha sido demostrado por numerosos antropólogos, científicos, historiadores, etc. Ignorar nuestros vínculos con la naturaleza nos ha traído innumerables problemas, y nos lo sigue trayendo. En todo caso, esta teoría se deriva de la visión de Herder, que consideraba que cada cultura, cada lengua y cada nación es una forma de acercarse, comprender y amar lo divino. En este caso, diría que es una forma de acercarse, comprender y amar la vida y el mundo.

Johann Gottfried Herder

imagen Wikimedia

El texto que sigue ha sido publicado en uno de mis libros, Els processos històrics, que podéis comprar en Amazon y a través de la web de Civilización y Cultura. De momento el texto está en catalán porque el libro se redactó en catalán, aunque aquí se ha traducido con ciertas modificaciones y actualizaciones.

Las caras de la realidad

¿Es multiculturalista y relativista la teoria de Las caras de la realidad?

El origen de la teoría de Las caras de la realidad se debería buscar en una reinterpretación de las ideas de Herder y los estudios de la moderna etnoecología; su perfeccionamiento posterior en la lectura de los comunitaristas, singularmente de Walzer y Las esferas de la justicia. Como los comunitaristas también han estado acusados de relativistas (si es que esto se puede considerar una acusación), se podría pensar que una buena parte del relativismo que supuestamente afecta a mis trabajos se deriva de aquello que han heredado de este campo del pensamiento. Pero de la misma forma que pienso que los comunitaristas no cierran esta herida teórica, creo que Las caras de la realidad sí lo hace, y en este texto quiero presentar un esquema de los criterios en los que se basa esta suposición.

Las caras de la realidad y el multiculturalismo

Respondiendo a lo que han afirmado los críticos, considero que la teoría de Las caras de la realidad solo se podría equiparar a un determinado tipo de pensamiento multiculturalista si el multiculturalismo se asimila a una defensa del valor de todas las identidades culturales humanas. De hecho, Las caras de la realidad preconiza, a priori, que todo sistema de cultura es respetable y digno de protección.

Sin embargo, si se la equipara a una fusión cultural indiscriminada sin que se valore el grado de validez y utilidad que cada cultura puede incorporar de sus vecinos, está muy lejos de ser multiculturalista. Básicamente, no admite que se haya de aceptar sin prevención ni criterio crítico alguno cualquier elemento cultural externo. Se debe considerar que de la misma manera que hay elementos de nuestra cultura que son extremadamente nocivos para otras culturas, como el hedonismo desmesurado y la mentalidad consumista y economicista, también hay elementos que son nocivos, no solo para la cultura occidental sino, también, para terceras culturas, como el fundamentalismo religioso que está penetrando en nuestra tierra.

Hemos de pensar, además, que aunque haya elementos importados que puedan ser positivos para la identidad de una cultura, pueden ser extremadamente negativos para otras culturas distintas. Es por este motivo que cada cultura y cada pueblo ha de ser libre de incorporar todo aquello que considere oportuno.

Quizá se pueda estimar que cada persona puede incorporar aquello que más le convenga para su propia vida y su propia cultura, así que la sociedad, en general, no tendría que decir nada al respecto, y que lo que planteo es en el fondo un pseudoproblema. No es cierto. Efectivamente, cualquier persona, individualmente, puede asimilar lo que más le convenza o le convenga mientras no se transgreda el código penal y afecte a la libertad de elegir de otras personas. Pero lo que en el ámbito de lo individual está bien, no tiene por qué estar bien para toda una sociedad y una cultura, y el estado debe evitar incorporar como propios elementos culturales que considera adversos para su desarrollo moral.

Una persona puede hacerse musulmana sin problemas, pero esto no significa que el Estado (me refiero a un Estado moderno y occidental) haya de fomentar, subvencionar o apoyar de ninguna manera el islam. Tampoco el budismo o el cristianismo (que considero también una importación ajena a la cultura occidental) y que deba de enseñarlos, por ejemplo, en las escuelas. En todo caso, en las escuelas se debería enseñar una historia científica de las religiones, cosa que ayudaría a desarrollar el espíritu crítico y podría poner en jaque cualquier tipo de dogmatismo y el fundamentalismo.

Lo que considero que verdaderamente determina la esencia de la cultura occidental es la verdad racional, el espíritu crítico y la ciencia, y eso sí que lo tiene que fomentar el Estado. En todo caso, no debería impedir la enseñanza privada de las religiones, aunque creo que no debería concederles más apoyo que el de la tolerancia. Otros Estados podrían fomentarlas, imponerlas o apoyarlas tanto como considerasen oportuno, están en su derecho, pero nosotros, como occidentales, solo deberíamos asimilar de las culturas ajenas aquello que realmente refuerce el desarrollo de la racionalidad y la ciencia, tal y como hemos hecho con los números dígitos y con muchas otras importaciones culturales. Cuantas más vengan en este sentido mejor. Al final, una cultura que no quiere aprender de los demás, está lista para ser liquidada.

Evidentemente, ni el islam, ni el judaísmo, ni el cristianismo son sistemas de pensamiento racional, sino religiosos, y no sería adecuado hacer política pública a partir de ellos en nuestra cultura. Esto no significa que se hayan de menospreciar o de infravalorar. Estas culturas han aportado cosas valiosas a la humanidad (como también cosas malas, como todos los demás sistemas de creencias), y por ello las debemos respetar. Así, si en un estado occidental moderno alguien quiere profesar esta religión, debemos permitírselo, pero solamente hasta allí donde lo permita la ley. Es decir, cuando no perjudique a nadie, ni se trate de imponerlo ni por la fuerza ni por ningún otro medio.

Sistemas de cultura parasitarios

Pero cuando manifiesto que a priori se ha de respetar toda cultura, pretendo expresar igualmente que a posteriori pueden existir sistemas de cultura totalmente inaceptables, en tanto que pueden perturbar gravemente el equilibrio y la estabilidad de la vida de las comunidades. En este caso, me refiero sistemas axiológicos e interpretaciones de la realidad y la vida asociados a organizaciones criminales o a agrupaciones humanas análogas que, a pesar de que se sostienen sobre sistemas de cultura particulares, constituyen formas de sociedad fundamentalmente parasitarias.

Así, sería una forma de cultura parasitaria aquella que dispone de los bienes de una sociedad, que no podría vivir sin ellos, que no aporta nada a la misma, y que se aprovecha de ella sin el consentimiento de la misma. Y esto sería más grave si se parasita por la ley de la fuerza. Desde este criterio, también se han de rechazar conductas imperialistas, entendiendo que la finalidad del imperialismo es la de expropiar bienes sociales y económicos y materiales a comunidades humanas distintas a la de la sociedad agresora por la fuerza o sin ofrecerles unas contraprestaciones que esas mismas culturas puedan considerar justas.

Esto significa que si no se llega a un acuerdo libre, no es lícito obtener estos bienes. Cuando pienso en sistemas de cultura parasitarios no me refiero ni en general ni en ningún caso a pueblos, etnias, tribus, naciones ni a cualquier otro tipo de sociedad humana con valores propios que no obtengan los bienes ajenos a través del engaño, la fuerza o en contra de la voluntad de otras comunidades y personas. Sí que sería legítimo expropiar a un grupo o persona si ha obtenido los bienes con malas artes, con engaño o por la fuerza, para restituirlos al legítimo propietario o a los legítimos propietarios.

Fusión cultural indiscriminada versus aprendizaje

En general, desde el punto de vista de la teoría de Las caras de la realidad, es lícito repudiar cualquier tipo de fusión cultural indiscriminada, o cualquier otro tipo de asimilación o integración cultural no consentida. Así, también se puede considerar que una cosa es que lo mejor para las comunidades humanas sea aprender tanto como se pueda del vecino y otra muy distinta es que se haya de asimilar simplemente porque se trata de algo cultural desde la consideración que todo lo “cultural” ha de ser forzosamente positivo.

Asimismo, las culturas también pueden defenderse legítimamente de la globalización, considerando la globalización desde el punto de vista cultural como un sistema que se impone sobre los demás sistemas y los liquida. Sin embargo, si consideramos la globalización como un sistema de intercambio legítimo de bienes, información e ideas, puede ser, perfectamente, un motor de desarrollo y crecimiento de las culturas.

Aquí nos encontramos ante un difícil equilibrio, pero nosotros, como occidentales, no podemos renunciar a la verdad racional, ni al espíritu crítico, ni a las libertades, solo por el hecho de considerar que todo lo que venga de fuera ha de ser bueno y nos “enriquece”. No todo lo que venga de fuera ha de enriquecernos de forma necesaria, ya que puede empobrecernos o llevarnos incluso a la ruina, tal y como parece que va a suceder muy pronto en Europa.

En general, se ha de considerar que una culturalidad fuerte y bien formada puede facilitar la comunicación y la convivencia cultural; y de la misma forma que una persona con una personalidad y un carácter bien estructurado se relaciona eficientemente con el resto de personas, una comunidad segura y orgullosa de su patrimonio espiritual podrá relacionarse mucho mejor con cualquier otra cultura, ya que su seguridad eliminará el miedo.

Así, al contrario de lo que habitualmente se piensa, no creo que los conflictos culturales y étnicos hayan estado provocados por sistemas de identidad y de cultura sólidos (no confundamos sólido con monolítico o cerrado a los cambios). Considero que realmente se dan en momentos de crisis e inestabilidad, cuando se ha perdido el norte o no se dispone de una capacidad de dar respuestas positivas a los problemas que se plantean.

Por ejemplo, permitir una emigración descontrolada en momentos así, es preparar el colapso y la violencia del futuro. No será así si la sociedad está preparada. En el fondo, la confusión cultural genera la incapacidad de asimilar e integrar los cambios y las nuevas ideas en la culturalidad propia. 

Sin embargo, una comunidad consciente de los valores que la gobiernan y de los significados que dotan de sentido a los bienes y a la vida podrá ubicar cualquier cosa que venga de fuera (o de dentro) ubicándola en un lugar o punto adecuado de la geografía de sus mapas de la realidad. Así podrá convertirla en algo útil o valiosa.

Si, contrariamente a esto, no conocemos el territorio de nuestros valores espirituales, culturales y morales y andamos perdidos, no sabremos qué hacer con ninguna cosa con la cual no estemos habituados a tratar. Eso generará terribles conflictos. Además, también se ha de advertir, que una culturalidad fuerte podrá ofrecer sus mejores frutos de su ingenio, creatividad, conocimientos e imaginación al resto de culturas, ayudándolas a evolucionar.

Probablemente, si nuestros responsables políticos hubiesen tenido más cuidado de nuestras identidades culturales (en lugar de despreciarlas) y no nos hubiesen obligado a  navegar constantemente por el mar del relativismo, evitaríamos que grandes masas de la población votaran a movimientos políticos que fundamentan su éxito en el miedo, en la inseguridad o en la incertidumbre.

Pero los políticos, en lugar de preservar y defender nuestra cultura, basada en los valores ilustrados, se han olvidado de dos cuestiones fundamentales. La primera es que la democracia es el gobierno del pueblo. La segunda, es que un pueblo, además de una colección de individuos libres, es una identidad cultural sobrepuesta al resto de identidades particulares y menores. Así, si no unimos la democracia a la culturalidad, no habrá una auténtica democracia, y la cultura se irá consumiendo lentamente en la hoguera de los mercados globales.

Además, como no hay conciencia de que el valor supremo que determina nuestra identidad europea es la verdad racional, se ha erigido una cultura sobre la base del emotivismo y el victimismo. En suma, se ha constituido una bazofia cultural digna de ser borrada de la faz de la historia. Si Europa sigue por este camino, no solo será borrada de la faz de la Tierra como cultura, sino que además merecerá ser borrada, ya que nada podrá aportar al mundo. ni a la vida.

Respetabilidad y validez

La teoría de Las caras de la realidad postula que cada cultura transita por una dimensión o cara específica de la realidad. Por este motivo, cree que si las culturas se fusionan de forma indiscriminada y sin preservar todo aquello que pueda ser valioso o moralmente más elevado de cada una de ellas, se puede perder una buena parte de la inteligencia colectiva de la humanidad. Sin embargo, defender que toda forma de cultura o sistema de creencias específico transita por una dimensión o cara de la realidad que puede pasar desapercibida al resto de culturas, y que por este motivo todo sistema de cultura se ha de defender, no es equivalente a considerar que todo sistema de creencias, ideología, religión, etc. es igualmente válido. En este sentido, se ha de distinguir entre respetabilidad y validez. ¿En qué consiste esta diferencia? ¿Por qué se sostiene aquí este principio?

Respetabilidad

Por un lado, la respetabilidad se cimienta en la compresión de un hecho primordial”: ni la verdad ni el conocimiento se pueden forzar ni se pueden difundir a golpe de martillo, así que no es legítimo ir a “civilizar” ningún pueblo, comunidad o cultura, y más si detrás de este presunto espíritu civilizador se esconden intereses imperialistas o económicos.

Las verdades y los conocimientos solo devienen en auténticas verdades y conocimientos si se imponen por su misma validez o capacidad de convicción racional o espiritual, y siempre que los pueblos los asuman por razón de su evolución cultural o capacidad de aprendizaje. De otra manera, estos supuestos conocimientos, devendrán, únicamente, en conjuntos de sistemas de creencias que nunca terminarán de ser realmente entendidos ni asimilados por aquellos que los han tenido que aceptar por la fuerza o por pura necesidad política o económica.

La imposición del conocimiento se manifiesta, por ejemplo, en el proceso de expansión global. En este proceso se han visto involucrados tanto los idearios capitalistas, socialistas o nacionalistas, así como los principios que inspiran la sociedad del bienestar y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El problema es que en muchos lugares del mundo estos principios e ideas no pueden realmente prosperar ni solucionar nada, puesto que hay sociedades que no disponen de las claves de interpretación correctas, ya que derivan de la evolución cultural y moral concreta de Occidente. Y si en todo caso prosperan, solo es a costa de la liquidación espiritual de culturas a las cuales “integramos” en nuestra modernidad. 

El nacionalismo, por ejemplo, no es una ideología neutra y transversal, como defienden muchos políticos e intelectuales, sino que va asociado a todo un conjunto de valores culturales que muchas veces se oponen a los sistemas de cultura que supuestamente lo adoptan, distorsionando tanto el nacionalismo como su cultura. Pasa exactamente con la sociedad del bienestar y los derechos humanos. A esta reflexión, además, se le debería de añadir otra, ya que deberíamos preguntarnos si estos principios que defendemos con tanta seguridad son realmente los correctos, como también deberíamos preguntarnos si en lugar de exportar justicia, modernidad y progreso no estamos exportando prejuicios.

Por eso es tan peligroso imponer ideas y supuestos conocimientos. En todo caso, como nunca podremos estar seguros, estamos obligados a valorar y a respetar los sistemas de cultura ajenos, y ello a pesar de que estos sistemas puedan entrar en contradicción con estos principios ilustrados tan humanamente “inalienables” que predicamos y que, por otro lado, nos olvidamos de aplicar, haciendo todo lo contrario de lo que nos obligarían a hacer.

Validez

Por otro lado, la validez (no uso este término en el significado técnico y formal establecido por la lógica) depende de otro criterio, que es el de la capacidad de describir la realidad de una forma más verosímil o, en definitiva, más verdadera. En general, los sistemas de creencias de un pueblo (o de un individuo) que elimina un objeto realmente existente de sus mapas de la realidad es menos válido que una que lo mantiene. 

Yo puedo creer, por ejemplo, que el Sol no existe. Esta creencia es respetable, pero no válida, principalmente porque es falsa. Evidentemente, no todas las creencias son tan fáciles de refutar porque podemos tener dudas acerca de la existencia de determinadas cosas, pero no la seguridad absoluta. En todo caso, mantener esta creencia en un sistema de creencias convierte a ese sistema de creencias en inválido (luego se matizará esta idea, ya que puede tener esta idea falsa pero otras verdaderas). 

Sin embargo, mantener el objeto realmente existente como presente en el mapa de la realidad (o sistema de creencias o conocimiento) ayudará a los pueblos a desplazarse con más eficacia en el mundo y la vida. La validez de un conjunto de sistemas de creencias también se puede medir por su capacidad de reflejar consistentemente todos aquellos aspectos de la realidad que desagraden o que pueden perturbar la moral de aquellos pueblos que los profesan.

Una de las maneras de hacerlo ha estado el de convertir la muerte en un tránsito hacia un lugar en el cual todo sistema de resistencia desaparece (el paraíso). Otra manera ha estado el de considerarla como una etapa transitoria después de la cual se podrá resucitar (materialmente hablando) en el reino de Dios (alias paraíso, pero esta vez terrenal). Una tercera forma sería la de apelar a ciclos de reencarnación. 

En general, como la muerte representa la amenaza máxima, y como no hay manera real de eludirla, siempre podemos alzar mapas de la realidad que, de alguna manera, la borran de nuestra mente. Esto no significa que los sistemas de creencias de cada cultura que defiende la inmortalidad no tengan ningún grado de validez. Si así fuera, los pueblos con estos sistemas de creencias no se hubieran podido organizar coherentemente y no hubieran tenido posibilidades de sobrevivir, ni de transitar por realidad. 

De hecho, se ha demostrado que culturas fundamentadas en creencias de este tipo han prosperado y han hecho grandes aportaciones a la cultura universal. Así tenemos mezquitas y catedrales inconmensurables. Esto significa que pueden estar delante de aspectos de la realidad que pasan desapercibidos a otras culturas. Eso, sin embargo, no hace que todos los objetos de sus mapas de la realidad sean reales, de manera que los sistemas de creencias asociados a esos mapas también tendrán un cierto grado de invalidez.

La carrera de montaña

La mejor manera de explicar por qué considero que la teoría de Las caras de la realidad no es relativista es la de comparar, nuevamente, los sistemas de creencias con los mapas de la realidad.

El primer ejemplo de la función de los mapas de la realidad y de su validez relativa asimilaría los sistemas de creencias con planos para una competición deportiva de montaña. Así, deberíamos pensar en una carrera de orientación en la cual damos un plano a cada competidor con las indicaciones oportunas para llegar a un lugar determinado, y manifestamos que el ganador será aquel que llegue primero, como es lógico.

Pero ahora imaginémonos que queremos dar ventaja a un contendiente concreto. Así, solo le daremos un mapa correcto a él, mientras que al resto le damos otros con caminos que no están, les ocultamos caminos que sí que están, o marcamos como continuos aquellos que en realidad mueren o acaban en algún punto del terreno en el cual es imposible seguir. 

Imaginemos, también, que omitimos la presencia de barrancos, bosques impenetrables, ríos o depredadores peligrosos. Evidentemente, todos los planos tienen muchos elementos correctos, pero todos, menos en uno, hay elementos mal ubicados. Todos los mapas que hemos dado a los competidores son mapas de la realidad, pero unos son deficientes y otros no. En consecuencia, no todos los planos tienen la misma validez, puesto que no dan las mismas oportunidades a los corredores, impidiendo que se puedan desplazar con la misma eficacia e igualdad sobre el territorio. 

El plano que describe el terreno correctamente y que permite que el participante favorecido gane la carrera está gobernado por el principio de verdad, el resto no. Este plano será un mapa válido, los otros no. Mínimamente, no serán tan válidos y útiles como el primero. De hecho, debemos sostener que para que los mapas falsificados cumplan con eficacia con su función de engaño, se han de disfrazar de válidos, y para hacerlo han de ubicar tantos elementos en el lugar correcto como puedan, evitando, eso sí, ponerlos todos, o poniendo algunos elementos que no están.

La divinidad y el bien

Si en lugar de hablar de competidores hablamos de comunidades y grupos humanos, inmediatamente vemos que la meta final de la carrera son los bienes sociales y culturales que deseamos y necesitamos los humanos para vivir de forma satisfactoria dentro de nuestro entorno. Así, tenemos que pensar que estos bienes sociales solo tendrán eficacia y serán alcanzables si están correctamente ubicados en el mapa y que para disfrutar de ellos, tenemos que dibujar los caminos que nos llevan correctamente. Si queremos comprarnos un coche, por ejemplo, el camino correcto será el de ahorrar, el incorrecto el de derrochar

En este segundo ejemplo hay que imaginar que en lugar de ríos, en el mapa hay dioses, rituales, lugares sagrados, sacrificios, bienes económicos, sociales y culturales, también el más allá, el paraíso, etc. Imaginemos igualmente que tenemos mucha más capacidad de convicción que el resto de personas y queremos obtener algún tipo de ventaja sobre ellas. Entonces, empezaremos a explicar que tenemos muchos conocimientos sobre la divinidad, el bien y la justicia. También contaremos que podemos orientar la vida de la comunidad de forma satisfactoria para todos y explicamos a nuestros vecinos que, como representantes de los dioses, haciéndonos determinadas donaciones, sacrificios y rituales podrán disfrutar de una vida eternamente feliz en el más allá, en el paraíso. 

A partir de ese momento, como supuestos representantes de la divinidad, empezaremos a cobrar contribuciones y a enriquecernos sin tener que hacer ningún esfuerzo, aprovechándonos del trabajo del resto de ciudadanos. Evidentemente, habremos dibujado un mapa de la realidad falsificado para todos ellos, mientras que para nosotros nos reservamos uno de auténtico, en el que figura un elemento destacado: la ignorancia sobre cuestiones divinas del resto de ciudadanos. 

Esto no significa que hayamos dado un plano absolutamente falso al resto de vecinos. De hecho, en el plano que deben utilizar debe haber elementos verdaderos, porque si posteriormente les queremos arrebatar la riqueza que produzcan, les debemos dibujar los caminos que a nosotros nos interesa que recorran de forma detallada y correcta para producir bienes, porque de esta manera serán más productivos. Mientras tanto, les esconderemos o marcaremos como prohibidos todos aquellos caminos que les darían un conocimiento auténtico de la realidad, de modo que nuestro engaño quedaría desvelado.

La peste

Ahora también podemos pensar que en lugar de mapas falsificados expresamente, hemos alzado mapas deficientes de la realidad por causa de la evolución cultural o por la falta de medios para obtener conocimientos verdaderos. Podemos poner el ejemplo de la peste. En los mapas de la realidad medieval no existían las bacterias. Sencillamente, no las habíamos descubierto porque no disponíamos de microscopios ni recursos intelectuales para sospechar que existían este tipo de formas de vida tan minúsculas y tan peligrosas. 

La verdad es que éramos incapaces de movernos por la realidad de una forma eficiente en relación con estos perturbadores microorganismos. En consecuencia, moríamos como las ratas de las que se supone que procedía la enfermedad, por decirlo de una forma un tanto salvaje. También se consideró que la peste era como un castigo divino a nuestra falta de fe, entonces, los senderos que teníamos que seguir eran los de la penitencia o los de la oración.

Además, triturábamos páginas de la Biblia para mezclarlas con hierbas y otros productos para elaborar medicamentos, por lo que una vez tras otro dibujábamos mapas falsos y sistemas de creencias francamente inválidos e inútiles. El resultado de orientarnos con estos mapas falsos fue el de la muerte de 25 millones de personas, una tercera parte de la población europea, y solo la suerte y la selección natural nos salvó del exterminio final, pero no ningún sistema de conocimiento válido.

La validez de los mapas de la realidad va mucho más allá de los conocimientos técnicos, científicos o empíricos

En nuestros sistemas de conocimiento ya hemos ubicado los virus y las bacterias, y podemos dibujar los caminos reales para combatirlos, por lo que podemos decir que son más verdaderos o válidos que los medievales. Pero los mapas de la realidad no se reducen a los conocimientos materiales, técnicos, médicos o científicos. En verdad, no nos podemos dejar engañar por esta primera impresión y sentirnos inmediatamente superiores al hombre medieval. 

De hecho, aunque nuestros mapas de la realidad sean más verdaderos que los medievales en muchos aspectos, ¿quién nos puede asegurar que los hombres medievales no vivían en contacto con elementos de la realidad que nosotros hemos perdido de vista? Quizá sus sistemas de creencias pueden ser muy superiores a los nuestros en muchos otros aspectos que ahora no nos podemos ni imaginar. Del mismo modo, ¿quién puede asegurar que muchas comunidades humanas primitivas, actuales o prehistóricas? ¿No están realmente más en contacto con la realidad con respecto a las verdades esenciales de la existencia que nosotros? 

No creo que haya ninguna persona que lo pueda hacer, pero el ejemplo del mapa de la realidad médico moderno en comparación con el plano de la realidad médico medieval nos muestra claramente que la validez de los dos sistemas de creencias no es la misma. Y lo que sucede con el campo de conocimiento de la medicina puede pasar con cualquier otro campo de conocimiento y de creencias.

Culturas y subculturas

La gran cordillera

Ahora ponemos el ejemplo de una gran cordillera con dos valles principales en las que viven dos poblaciones que no tienen contacto entre ellas. Un valle es fértil y lluvioso, el otro es seco y elevado. Además, en el valle seco hay una gran cantidad de predadores peligrosos, mientras que en el fértil no hay ninguno. Ahora imaginemos que la gran cordillera representa la realidad, aunque sea una realidad simplificada a dos caras o dimensiones.

Evidentemente, para cada valle los sistemas de creencias y mapas de la realidad serán diferentes y estarán adaptados al entorno, pero a la vez los dos mapas serán verdaderos porque marcarán los bienes sociales y naturales del valle, los caminos idóneos para alcanzarlos, las dificultades y obstáculos particulares del medio contra los que tendremos que luchar. También estarán los ríos, las fuentes, las montañas, los campos de labranza, los pastos, etc. Tendremos dos culturas totalmente diferentes en tanto que cada una refleja la verdad de cada dimensión o valle, aunque sean igualmente verdaderas.

Sin embargo, que haya dos sistemas de creencias diferentes, pero igualmente verdaderos, no significa inmediatamente que no podamos poner en cada mapa de la realidad de cada valle elementos falsos, que realmente no estén, o que borramos unos cuantos que estén. Entonces, aunque hablamos de dos sistemas de cultura diferentes e igualmente verdaderos, no hablamos de relativismo, ya que siempre podemos dibujar mapas falsos e incorrectos de cada dimensión. Esto significa que aunque haya múltiples sistemas de creencias verdaderos vinculados a múltiples dimensiones, perspectivas o formas de vida, no toda creencia o todo sistema de creencias debe ser necesariamente verdadera o verdadero.

Y si ya nos centramos en un único valle, en una dimensión concreta de la realidad, también podemos pensar que esta dimensión se puede desplegar en dimensiones menores, en muchas caras o en muchas esferas (para hablar al modo de Walzer), de manera que cada cultura puede tener sistemas de subcultura igualmente verdaderos o igualmente falsos. Por ejemplo, probablemente la vida de los artesanos no será igual que la de los agricultores. 

Tampoco será igual la de los comerciantes, por lo que en los mapas de la realidad de los artesanos o los comerciantes habrá elementos que no estarán en los mapas de la realidad de los agricultores, y sencillamente no estarán porque no los necesitarán para moverse con eficacia en el mundo particular en el que desarrollan su vida. Entonces, tanto los artesanos como los agricultores, como los comerciantes, disponen de subculturas propias, con sistemas de creencias adecuados a sus expectativas de vida, y con sus sistemas de valores correspondientes adaptados a sus formas de existencia.

Igualmente, podemos poner el ejemplo de unos gremios artesanales imaginarios que esconden en secreto determinados procedimientos. También podemos hablar de artesanos de este gremio que divulgan información falsa para obtener ventajas en relación con sus competidores legítimos, por lo que crean mapas de la realidad inválidos sobre procedimientos de fabricación, obtención de materias primas o de distribución y venta. 

Y lo que nos imaginamos que ocurre con los gremios de artesanos puede pasar igualmente con los agricultores o comerciantes, que pueden ocultar información sobre territorios fértiles y mercados alejados. También, en este caso hipotético, podemos comprender que no cualquier mapa de la realidad es igualmente válido, ya que unos están expresamente pensados para que nos podamos mover por la realidad con eficacia, y otros están pensados para hacernos perder.

Validez y utilidad de los mapas de la realidad

Pero todo esto no significa inmediatamente que la validez de los mapas de la realidad vaya ligada al simple hecho de facilitarnos la vida. Mucho más allá de eso, la validez última de los mapas de la realidad se mide únicamente por su capacidad de dotarnos de una imagen tan fiel como nos sea posible de la realidad, y esto es totalmente independiente de que estas verdades que descubrimos nos ayuden, nos perturben, nos sean indiferentes, etc. Esto nos debe hacer pensar en otra posibilidad: que pueden existir mapas útiles en el sentido que nos pueden hacer trabajar conjuntamente y en equipo y que dispongan de una gran capacidad de cohesión social, pero que a la vez sean totalmente inválidos, aunque ya sabemos que no puede haber sistemas de creencias absolutamente inválidos.

El ejemplo lo encontraríamos ante un objetivo inexistente que nos hiciera cooperar, como en un supuesto valle fértil al que debemos llegar, pero que no exista más allá del mito. La idea de este valle haría que organizáramos una gran caravana, que buscáramos recursos para el viaje, que alquilásemos guías, y que montáramos una cooperativa de personas dispuestas a llegar a esta tierra de promisión. Al final, sin embargo, el viaje sería en vano, y tal vez solo encontraríamos una tierra árida y con pocos recursos naturales. Así, la utilidad social de los mapas de la realidad (nos ha hecho trabajar en equipo) no es equivalente a ningún tipo de validez, porque el valle en cuestión al que me refiero es el paraíso. La ecuación sería esta: utilidad ≠ validez.

Necesidades y validez

Y también se debe considerar que la necesidad es uno de los motores que hace posible que descubrimos cosas nuevas o aspectos y propiedades de los objetos que nos hayan pasado desapercibidas. La necesidad, de esta manera, también nos puede ayudar a acercarnos a la realidad y, en consecuencia, a levantar mapas válidos. Todo esto lo vemos también con nuestro debate teórico con Fernández-Armesto.

El bosque y el jabalí

Pero los mapas de la realidad humanos no son tan sencillos como los mapas de la realidad de los territorios, y la analogía no siempre funciona. En este sentido y en primera instancia, se debe pensar que las ciudades y las montañas, si hablamos a escala humana y no geológica, no se mueven de lugar. Por este motivo, no se trata de elementos que se pueden ubicar en un lugar un mapa y en otro punto diferente en otro mapa. 

Los bienes sociales, contrariamente a esto, pueden cambiar de ubicación de acuerdo con el criterio que utilice cada comunidad humana para ordenarlos, así que sobre unos mismos elementos podemos dibujar diferentes mapas con caminos totalmente diferentes y divergentes, pero que a la vez nos conduzcan hacia los mismos bienes sociales, objetos, o valores. ¿Cómo es posible esto?

En general, cada comunidad humana tiene la potestad de modificar el significado de los bienes. Del mismo modo que podemos cambiar los muebles de lugar cuando entramos a vivir en una casa, los mismos bienes sociales pueden tener ubicaciones diferentes dependiendo del significado que les otorgue cada comunidad cultural. Pondremos un ejemplo. Para los europeos del siglo XXI un plato de carne de jabalí será únicamente un medio de alimentación o una manera de obtener un placer sensorial, pero para una persona con creencias animistas o politeístas puede ser un medio de comunicación con lo sagrado, ya que puede considerar que se está comiendo un dios del bosque. En consecuencia, un mismo objeto tendrá una posición muy diferente en los mapas de la realidad occidentales que en los mapas de la realidad animistas. 

Así, por un lado, los rituales de los europeos estarán destinados a obtener el máximo número de sensaciones empíricas relacionadas con la vista, el gusto y el olfato, y hablarán de maridajes con vinos, quesos y postres. Pero por otro, los rituales animistas se orientarán a pedir perdón a la divinidad por el hecho de utilizarla como de alimento, o por arrebatarle su sabiduría y fuerza espiritual.

A priori, podemos aseverar que las creencias animistas son absolutamente falsas y absurdas, ya que es evidente que no hay ningún tipo de divinidad ni en la naturaleza ni en los animales. Sin embargo, si contemplamos las cosas de esta manera tan simple, no entenderemos nada, porque también podemos pensar que la carne es un producto de la naturaleza y el bosque, y tanto la naturaleza como el bosque posibilitan no solo la vida del jabalí, sino, también y a través de él, la nuestra. 

Y también podemos pensar que tanto la vida del jabalí como la del bosque pueden tener sentido y ser sujetos de derechos, independientemente de la utilidad que puedan tener para nosotros. Partiendo de este criterio, podemos comprender que el bosque, la naturaleza y el jabalí pueden ser algo más que fuentes de alimentación, de explotación y de placer sensorial, por lo que, inmediatamente, los mapas de la realidad animistas adquirirán sentido y racionalidad. En el fondo, el criterio animista es el mismo que el de los ecologistas serios, aunque los animistas entiendan la realidad de la naturaleza no a través de un lenguaje racional o una ideología, sino a través de un lenguaje mítico o religioso.

Valores, objetividad y subjetividad

Las cualidades objetivas y el valor subjetivo

Tanto los occidentales como los animistas han alzado mapas de la realidad diferentes y han ubicado la carne del jabalí en un lugar especial dentro de sus mapas (le han otorgado un significado diferente), pero el significado del bien no puede prescindir de las cualidades objetivas del jabalí. Los significados de los bienes siempre provienen de dos partes inseparables. Por un lado, están los elementos objetivos, por otro los subjetivos. El factor subjetivo puede añadir valores en las cosas que realmente no están presentes en ellas y convertirlas en bienes culturales y sociales. 

Estos valores subjetivos añadidos están vinculados a las preocupaciones, necesidades y sentimientos de las personas, y pueden hacer hincapié en una o en otra característica objetiva de los bienes, pero los componentes subjetivos nunca pueden entrar en contradicción con los componentes objetivos, ya que, por ejemplo, no podemos convertir en comida las sustancias tóxicas ni las piedras.

Podemos utilizar las piedras para construir templos o para construir mercados, o también para tirarlas a los enemigos con la intención de matarlos. En todo caso, su dureza, peso y masa nos permitirán una gran diversidad de utilizaciones y significados, pero nunca nos las podremos comer, por lo que la realidad, a través de su estructura objetiva, impondrá límites a nuestra capacidad de interpretación de las cosas, hechos y fenómenos. Así, aunque cuando lleguemos a una casa podamos cambiar los muebles de lugar o poner otros nuevos, tanto la estructura de la casa como la de los muebles pondrán límites a nuestra capacidad de cambio, y aunque al final podamos poner la cama en la cocina, no la podremos poner en el techo o a través de una pared.

Valores y coordenadas

También se debe considerar que mientras que las coordenadas geográficas que nos permiten ubicar correctamente las ciudades y las montañas en el mapa se mantienen fijas, los valores culturales que sirven para ubicar los bienes sociales en un lugar o en otro de nuestros mapas se mueven y modifican constantemente. Así, se comportan de una forma similar a la del polo magnético, que se va desplazando por la geografía polar como un vagabundo. 

Este movimiento de los valores se deriva de la evolución de las personas y las culturas y del carácter dinámico de la espiritualidad humana. Desde este criterio, no parece que se pueda hablar de mapas válidos e inválidos de la realidad, ya que si las coordenadas cambian constantemente y dependen de cada cultura, no habrá ninguna ubicación verdadera, al menos con respecto a la realidad social y cultural. Pero esa impresión es falsa.

La objetividad y la validez son ineludibles en cualquier sistema de creencias

Así, se debe considerar, en primer lugar, que cambiar los sistemas de coordenadas no hace que cambien las cosas de lugar, al menos en su dimensión objetiva. Solo habremos cambiado la perspectiva, pero no el objeto, y puede que con un determinado sistema de coordenadas descubramos cosas que con otro sistema de coordenadas diferente no podemos ver, pero esto tampoco hace perder el factor objetivo del bien. Sería como si mirásemos una montaña desde el este o desde el oeste: la montaña será la misma, aunque vemos vertientes diferentes.

Sin embargo, podríamos pensar que podemos manipular tanto como queramos el significado cultural de todos aquellos bienes puramente mentales o espirituales. Estaríamos hablando de aquellos elementos culturales que no tienen ninguna relación con la realidad material ni con las leyes de la naturaleza. Por este motivo sería fácil sostener que como estos elementos son de vital importancia en muchas culturas, al final el significado del sistema sería absolutamente independiente de cualquier condición objetiva, con lo cual se demostraría la validez objetiva del criterio relativista, aunque el término “validez objetiva del criterio relativista” sea por sí mismo autocontradictorio. Un ejemplo, sería el paraíso, el lugar en el que la condición dominante de la realidad simplemente desaparece.

Pero esto solo puede defenderse si se considera que un sistema de creencias, en lugar de ser un conjunto de símbolos y significados que ubica los pueblos y culturas en el mundo y la vida, están separados de la realidad material y la vida. La realidad es que no existe ninguna cultura fuera del mundo y la materialidad, y no hay ninguna cultura que pueda prescindir de la dimensión objetiva en sus mapas de la realidad.

Al final, la verdad es que tanto los elementos puramente espirituales y ficticios como todas aquellas creencias que se vinculan al mundo y la vida forman un sistema coherente, por lo que nunca se da el caso en el que unas vayan por un lado y otros por el otro. De hecho, si se quiere sobrevivir, todo se integrará en un sistema único que dote de sentido tanto la existencia material como la espiritual. 

El amo y el esclavo

Pero si creemos que con todo esto hemos solucionado el problema del relativismo de Las caras de la realidad estamos equivocados. Podemos pensar, por ejemplo, con un sistema de cultura guerrero con amos y esclavos, pero en el que no se falsifique la realidad. En este sistema los dueños les dirán a los esclavos que están sometidos por razón de su fuerza superior. 

No se está engañando a los esclavos, se les está dando, teóricamente, un mapa de la realidad válido en los que se les considera bienes. Y, teóricamente, no habría manera de criticar este sistema si se piensa que lo que da validez al sistema es que se fundamenta tanto en mapas de la realidad correctos como en los valores guerreros de esta sociedad. Así, ese sistema de cultura, desde el criterio que defiendo, sería tan correcto como uno democrático y no se podría invalidar porque no existiría ningún criterio superior.

Pero en realidad no pienso que se pueda establecer ningún sistema de este tipo, ya que creo que un sistema fundamentado en la servidumbre de la esclavitud siempre se sustentará en la creencia en determinadas virtudes del amo que le dan derecho a esclavizar. También pueden fundamentarse en una supuesta creencia en la inferioridad como persona del esclavo, de modo que al final el sistema se sustentaría sobre un mapa de la realidad inválido.

Sin embargo, como hemos de ser radicales en nuestra crítica, debemos pensar que el dueño afirma que conoce perfectamente que no está dotado de ninguna virtud más allá de la fuerza que lo haga superior al esclavo. También, que también sabe que el esclavo es un sujeto de derecho y que no es, meramente, un bien social, pero que aun así, al considerar que su valor cultural máximo es la fuerza, cree que no hay ninguna razón por la que deba renunciar a su derecho a esclavizar. 

Entonces, la teoría de Las caras de la realidad estaría en un grave problema, ya que no habría manera de invalidar, desde su criterio, este sistema abominable, puesto que superado el relativismo epistemológico, se encontraría ante un relativismo moral ante el cual estaría teóricamente desarmada. De hecho, estaríamos nuevamente ante un mapa de la realidad válido desde el punto de vista del conocimiento, y no habría manera de invalidar la esclavitud. Pero ahora hay que preguntarse: ¿qué diferencia hay entre ocultar caminos a nuestro conocimiento y prohibirnos el tránsito por estos caminos?

Prohibir a priori el tránsito por determinados caminos es equivalente a despojarnos de cualquier identidad. ¿Por qué? Si se nos dificulta el desplazamiento por el territorio, de manera que se nos impide acceder a los bienes que dotan de sentido nuestra vida, se revoca el valor de nuestra identidad, de forma que al final se nos niega la condición de personas y de sujetos. 

Y si se llega a este punto, debemos considerar que el mapa de la realidad del dueño entra en contradicción consigo mismo y se convierte en falso tanto factualmente como epistemológicamente, ya que falsifica el sentido de un elemento de su realidad: el sentido de la condición de persona del esclavo en tanto que lo convierte, meramente, en un bien.

No se puede convertir un elemento que dota de significado la vida, el sujeto, en un elemento absolutamente pasivo en relación con los significados: un bien o un objeto. Desde esta perspectiva, tratar un sujeto como objeto sería equivalente a alzar un mapa de la realidad inválido. 

Podríamos poner un ejemplo. Si dividimos una superficie de color rojo para poner las cosas rojas dentro de ella, y de color azul para poner las cosas azules y empezamos a poner las cosas azules dentro del rojo y las cosas rojas dentro del azul, ¿no estaremos ubicando las cosas de forma incorrecta en el mapa aunque lo hagamos expresamente? Del mismo modo, si ubicamos los sujetos en el espacio de los objetos, estaremos dibujando igualmente un mapa de la realidad incorrecto.

Y aunque este ejemplo hable de una situación extrema, la de la esclavitud, deberíamos preguntarnos con cuántas situaciones de la vida social en las que se niega la identidad práctica de las personas nos podríamos encontrar si reflexionáramos de una forma detenida. De alguna manera, podríamos pensar en el trabajo fabril y el concepto de alienación marxiano, o con todas aquellas personas que por razón de su condición social no tienen acceso ni a los bienes esenciales más básicos, aunque supuestamente vivan en un mundo libre.

Las conclusiones

Con este planteamiento debemos llegar a una conclusión: aunque cada sistema de creencias pueda estar dotado de sus valores propios, para disfrutar del mayor grado de validez posible, deben ubicarse tantos elementos como puedan en el lugar correcto del mapa, lo que implica que deben estar presididos por el principio de verdad. De hecho, sin este principio no hay ninguna posibilidad de levantar ningún sistema de creencias apto para vivir con unos mínimos de éxito y con unas garantías de supervivencia.

Por todo ello, considero que se han dado suficientes razones para sostener razonablemente que la teoría de Las caras de la realidad no presupone ninguna comprensión relativista del mundo y la cultura, y que los sistemas de creencias, en tanto que mantienen una relación estrecha con la realidad, deben tener grados de validez objetiva.

Esto no significa que todas las creencias de un sistema que podamos considerar válido sean verdaderas. Tampoco significa que un sistema de creencias que nos parezca a primera vista inferior desde el punto de vista de su comprensión de la realidad, en verdad no lo sea, porque puede tratarse de una herramienta adecuada para transitar por una cara de la realidad que nosotros no podamos entender.

Y para terminar este texto, también he de manifestar que aquí no he querido solucionar el problema de la validez, que equivaldría a justificar por qué 2 + 2 = 4 es verdadera y las matemáticas un sistema de creencias, válido. No soy tan presuntuoso como para creer que aquí he explicado de forma profunda el problema de la validez. Simplemente, he tratado de explicar por qué creo que la teoría de Las caras de la realidad no es ninguna hipótesis relativista, con las mismas herramientas de comprensión de la realidad que de ella se derivan.

1Cfr. Pinxten, Rik i Verstraete, Ghislain. Culturalidad, representación y autorepresentación. Revista CIDOB d’Afers Internacionals, 66-67. Fundació Cidob. Octubre de 2004

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