Civilización y cultura

Repensar el nacionalismo

Genocidios, limpiezas étnicas y nacionalismo

Aunque los liberales ejerzan actualmente una crítica despiadada contra las naciones y el imperialismo, sin estos no se hubiera podido desarrollar la sociedad capitalista, no hubiera existido una acumulación de capital tan masiva y no hubiera sido un sistema tan eficiente de creación de riqueza. Quizá ni siquiera se hubiese desarrollado. En todo caso, la actual critica liberal al nacionalismo viene de la mano de una apología de la globalización. Con la globalización el capitalismo ya no tendrá ninguna necesidad de las naciones, ya que las grandes corporaciones empresariales podrán saquear los recursos mundiales directamente y sin traba alguna, pero para ello necesitan eliminar cualquier obstáculo legal. Creo que es por este motivo que el liberalismo ha dejado de ser el compañero y socio de las naciones convirtiéndose en su principal detractor.

Genocidios, limpiezas étnicas y nacionalismo es uno de los capítulos de mi libro Nación, nacionalismo y relato histórico, que inicialmente fue publicado en catalán y que ahora estoy traduciendo. Cuando termine la traducción al castellano será publicado (espero que sea en los próximos días) en Amazon. Mientras tanto, creo que puedo presentar este texto, que analiza  la sustancia de la crítica al nacionalismo, considerando, igualmente, las contradicciones de esta crítica. Sirva también esta entrada para dar publicidad al libro y despertar el interés del público en él.

Introducción

El nacionalismo, debido a su identificación con criterios identitarios y patrones culturales cerrados, dificulta la cooperación humana y favorece la segregación cultural. En casos más extremos, justifica la guerra, la limpieza étnica, el odio racial y el genocidio. Frente a esto, algunos teóricos consideran que, de forma contraria, el liberalismo, debido a su naturaleza abierta, facilita la cooperación humana y el entendimiento entre culturas. Del mismo modo, encontraríamos defensores del socialismo que, apelando a la unidad de los trabajadores y las clases menos favorecidas más allá las diferencias culturales, exaltarían los ideales comunistas o socialistas en detrimento del nacionalismo.

En conjunto, tanto liberales como socialistas han propagado un discurso en el que se responsabiliza a los nacionalistas de una buena parte de los problemas que han afectado a la humanidad tanto en el siglo XIX como en el XX. Este postulado casi se ha convertido en un dogma, y ha penetrado tan profundamente en todos los estratos sociales y culturales que muchos partidos políticos y movimientos con fuertes connotaciones nacionalistas se han visto obligados a ocultar o camuflar los ideales patrióticos que defienden detrás de las ideologías transversales con las que completan sus programas políticos. Pero a todo esto es necesario añadir otro aspecto, es decir, el de la evaluación negativa de los nuevos sistemas de identidad, sobre muchos de los cuales se sostiene el nacionalismo. Zigmunt Bauman, un teórico muy destacado que compara las sociedades modernas con las antiguas, postula, en este sentido, que la sociedad moderna desintegra todos los sistemas de seguridad moral conferidos por las comunidades antiguas, y se ha visto obligada a buscar un sustituto de la comunidad: la identidad4. Por consiguiente, las nuevas identidades no serían naturales, ja que habrían sido manufacturadas mediante selección y exclusión artificial5.

La falacia de las metodologías de análisis

A primera vista, parece que los argumentos que defienden los críticos del nacionalismo y de los principios identitarios son irrefutables, ya que se supone que sólo hay que recordar la historia de la antigua Yugoslavia o del fascismo para demostrar esta teoría. Pero, ¿coincide esta narrativa con los hechos? Creo que no, y que este discurso distorsiona sustancialmente la realidad. Más exactamente, debemos decir que distorsiona la historia, ya que, si bien se basa en el análisis conceptual del liberalismo o del socialismo y se centra en los aspectos doctrinales más benignos de estas ideologías, estudia el nacionalismo a partir de criterios históricos, centrándose, principalmente en las partes más oscuras, y esta metodología es totalmente ilegítima. De hecho, si queremos hacer una comparación entre ideologías o sistemas de creencias, o debemos analizarlas todas a partir de criterios ideológicos y teóricos, o todas a partir de criterios históricos, y si analizamos las partes más tenebrosas, debemos referirnos a las partes oscuras de todas, no sólo las de una. Además, no se puede cambiar la metodología a conveniencia dependiendo de la idea que estamos investigando para obtener las conclusiones más favorables a los postulados defendidos. En general, si nos centramos en la historia, veremos que ni el socialismo ni el liberalismo están en un lugar mejor que el nacionalismo.

Los mitos del nacionalismo

También se critica que mientras que el comunismo, originalmente, trató de desmitificar la historia explicándola a través de fuerzas ciegas, el nacionalismo se ha caracterizado por una fuerte tendencia a crear mitos. Esta crítica es plausible, y la manera de procesar la ciencia de los acontecimientos humanos por parte de ciertos nacionalistas no ha cambiado mucho desde el siglo XIX, momento en el que se suponía que los nacionalismos disfrutaban de su esplendor cultural. Así, los nacionalistas han construido numerosas narrativas históricas en las que se destacan la fuerza de las virtudes nacionales, como la capacidad de sacrificio, el heroísmo, el espíritu de lucha, etc. Las invasiones, las migraciones, las diásporas o, especialmente, las guerras por la independencia, tienden a formar una parte muy prominente de estas historias. Esto puede entenderse porque, como declaró el libertario Rudolf Rocker en un tono irónico, los momentos caóticos siempre son favorables para el surgimiento de héroes y para la producción de hechos memorables. En cualquier caso y hablando de mitos, deberíamos preguntarnos si el comunismo o el anarquismo habrían sido capaces de movilizar a tanta gente y tantos recursos como se han movilizado si no hubiera sido gracias al mito del paraíso posthistórico que postularon, que es tan falso como cualquiera de los mitos que podrían haber creado los nacionalistas. Al final, podríamos decir que, si bien los mitos del nacionalismo apelan a los acontecimientos históricos, aunque los distorsionen, los del comunismo son totalmente ahistóricos, en particular el de su paraíso terrenal situado en un futuro que nunca llegará, de modo que, en este sentido, su sistema mítico estaría más cerca de una religión que del nacionalismo.

De cualquier manera, contra las visiones idílicas de las virtudes nacionalistas, algunos creen que más que historia, son pura mitología o cuentos de hadas, y que la realidad colérica del nacionalismo debe explicarse de una manera muy diferente. Como el nacionalismo necesita de este tipo de historias para reforzar su identidad, manifiestan los críticos, si no hay una historia de lucha, es necesario inventarla. El grado requerido para construir una leyenda de lucha y una sensación de amenaza ha sido una función de las variables de la política interna nacionalista. Algunos nacionalistas han creído que la mejor manera de organizar el estado nacional era hacer frente a una lucha militar moderadamente difícil para reclamar la colaboración de todos y promover la formación de una red de líderes que luego deberían asumir la dirección del país6. La crítica al nacionalismo, con respecto a su relación con la guerra y la violencia, puede caracterizarse de despiadada. La de  nos interesa singularmente, porque avanza dos elementos que serán muy útiles para desarrollar nuestro estudio sobre el nacionalismo y las naciones: los vínculos entre el nacionalismo, la modernidad y la homogeneización cultural. Es por esta razón que he decidido esta sección con el mismo título que da a una de sus obras: Genocide, Ethinc Cleansing, and Nationalism. 7

Genocidio y nacionalismo

Aunque Conversi reconoce que la mayoría de los movimientos nacionalistas no han desarrollado patrones genocidas, postula que existe un vínculo claro entre el nacionalismo y los genocidios. La exaltación de la superioridad nacional, principalmente sobre los grupos subordinados, conduce inevitablemente a una serie de acciones discriminatorias contra las naciones competidoras, que van desde la asimilación y la marginación hasta el genocidio. Lo que debemos preguntarnos —considera Conversi— es hasta qué extremo puede llegar la relación entre el nacionalismo y el genocidio. Uno de los factores que hay que analizar es el de la correlación que se da entre la occidentalización, la modernidad y el genocidio, que ha sido relativamente aceptada en contextos académicos. Muchos estudiosos de la Shoah, por ejemplo, describen el genocidio como un fenómeno completamente moderno, la última consecuencia de creer en una supuesta superioridad europea sobre otras civilizaciones. Si a ello se asocia el desarrollo tecnológico y organizativo que proporcionó a los estados un poder de destrucción sin precedentes, podremos entender la relación entre genocidio y nacionalismo. Otro factor a estudiar es el de la sacralización de la eficiencia productiva, que necesita disciplinar a las masas y se convierte en un primer paso hacia la militarización y la homogeneización cultural.

Nacionalismo y conflictos armados

Blas Guerrero cree que ninguna ideología política ha contribuido tan eficazmente al desarrollo de los conflictos armados, y citando a Dobb, afirma que trae una nueva tipología de hostilidades militares o, al menos, contribuye a amplificarlas: guerras de autodeterminación, solidaridad y prestigio, aislamiento y autosuficiencia, misión nacional y expansión imperial. La brutalidad y la generalización de la guerra cuenta con un apoyo complementario al desarrollo de la tecnología militar: la socialización política aportada por el nacionalismo8. Kedourie cree que el nacionalismo nunca puede alcanzar compromisos. Como se basa en principios y no en conveniencias, hace que los enfrentamientos sean inevitables, mientras que antes las disputas de intereses facilitaban alcanzar soluciones acordadas. Orwell distinguió entre patriotismo y nacionalismo. Pensó que el patriotismo era la devoción a un lugar y a un sistema de vida particular, pero si bien el patriotismo no pretendía imponerse, el objetivo del nacionalismo es ganar mayor poder y prestigio para la nación o para cualquier otra entidad en la que hayamos optado por hundir nuestra personalidad9. Las escuelas de gimnasia del siglo XIX, manifiesta Kohn, en lugar de servir para la preparación física y el ideal de la caballerosidad, se convirtieron en centros de exaltación patriótica y entrenamiento militar. El modelo, fundado por Jahn, fue copiado por otros pueblos. El mismo espíritu alentó las fraternidades de estudiantes10. Y ya en el siglo XX, muchas de las naciones que habían logrado liberarse de la opresión de otras naciones, se convirtieron en las opresoras, provocando, además, innumerables disputas sobre la demarcación de las fronteras11.

Nacionalismo y expansionismo

Es bastante obvio que no todas las guerras promovidas por los nacionalistas pueden explicarse en clave de lucha por la libertad o la salvación de la propia cultura, cosa que podríamos considerar de alguna manera legítima, sino más bien, como una excusa para luchar por la hegemonía regional o global. Clemenceau creía que las naciones eran hechos reales. Amamos a una de ellas —afirmó— y sentimos indiferencia u odio por el resto. La gloria de la nación es un objetivo deseable, pero la gloria debe alcanzarse generalmente a expensas del vecino12. Los ingleses no pensaban de una manera muy diferente a la de los franceses. Chamberlain, por ejemplo, predijo que el imperialismo consistiría en una política prudente, justa y económica, pero Cecil Rhodes, un rey de las finanzas (según Lenin, el principal culpable de la guerra de los Boers), en 1895, postuló que para salvar al país de la guerra civil que podría causar el hambre era necesario tomar posesión de nuevos territorios y enviar allí el exceso de población. Esto, además, abriría nuevos mercados13. Por consiguiente, de acuerdo con estas formas de entenderla, la nación, para prosperar y sobrevivir, estaba obligada a expandirse, incluso si era a expensas del vecino. Esto claramente dio pie al colonialismo y al imperialismo.

La lucha por los recursos

El colonialismo y el afán de dominación del mundo, en general, podrían explicarse por la urgente necesidad de modernización e industrialización a la que los estados nacionales debían hacer frente. A las nuevas naciones les era imperativo buscar materias primas que aseguraran la preeminencia de las industrias nacionales contra la competencia de otras potencias. Para justificar la subyugación colonial se utilizaron diferentes tipos de argumentos, como el de la supuesta superioridad religiosa, cultural, técnica, ética o política sobre otras culturas, naciones o pueblos. De esta manera se legitimaba una tutela destinada a “ayudar” a los sometidos. Como muestra de esto, en Inglaterra, a partir de 1820, se extendió una idea según la cual el dominio colonial de la India por la nación más desarrollada también implicaba una misión civilizadora, y el deber de liberar a los individuos de la opresión social y la esclavitud de costumbres y tradiciones14. .

Las luchas entre imperios

Este afán por la hegemonía y el control de los recursos mundiales fue la causa de enfrentamientos dramáticos y sangrientos, como las dos guerras mundiales, en las que entró en juego el futuro de varios proyectos imperialistas como los de Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Italia y Japón. Según Lenin, la Gran Guerra fue, por ambas partes, una conflagración de bandidaje, conquista y confiscación del mundo para distribuir y redistribuir colonias y las esferas de influencia del capital financiero. Lenin, citando el trabajo de Henry C. Morris, La historia de la colonización, detalló el reparto de la superficie de la Tierra en kilómetros cuadrados que controlaban las tres grandes potencias europeas en 1899: Inglaterra, 9,3 millones; Francia, 3,7 millones; Alemania, 1 millón15. Pero las guerras mundiales eran sólo la expresión superlativa de la lucha por la dominación global y también podíamos referirnos a muchos otros conflictos. Uno de ellos podría ser perfectamente descrito por Leslie Manigat, en el artículo Haití: De la hegemonía francesa hasta el imperialismo Estado Unidense (El libro negro del colonialismo), en el que se documenta que desde el momento en que esta isla obtuvo su independencia, en 1804, se convirtió en el blanco de las ambiciones de cuatro grandes potencias: Francia, Reino Unido, Alemania y Estados Unidos. La lucha decisiva por el gobierno de Haití se desarrolló entre 1909 y 1911, y concluyó con la ocupación militar por parte de los Estados Unidos que, el 28 de julio de 1915, desembarcó 330 marines. La invasión provocó graves disturbios, que fueron sofocados por las tropas estadounidenses, con la pérdida de más de 2000 vidas haitianas16. Pero esta imagen dramática parece insignificante si la comparamos con uno de los hechos más reveladores que pueden vincularse tanto a la lucha por el dominio del imperialismo económico como con la lucha regional entre naciones.

La guerra de la Triple Alianza

Se trata de la guerra de la Triple Alianza, que se dio entre Paraguay y la coalición formada por Brasil, Argentina y Uruguay a mediados del siglo XIX. La causa se puede encontrar en la integración de estos tres estados en la economía británica, ya que los británicos se oponían al modelo de desarrollo de Paraguay. Esta brutal guerra no sólo arruinó Paraguay, sino que casi destruyó toda la población masculina de un país, que pasó de 1,3 millones de habitantes a 400.000.17 Este hecho, del cual no se hablaba en absoluto, sería, proporcionalmente, el mayor genocidio de la historia, ya que superaría al de Polpot. Pero los males de Paraguay no terminaron aquí, ya que de 1932 a 1935, Bolivia y Paraguay se enfrentaron en otra guerra sangrienta, por lo que este último fue diezmado. Esta vez la razón fue el descubrimiento de petróleo por la empresa Standard Oil en Santa Cruz de la Sierra, en el Chaco (debido a la cual esta guerra se conoce como la Guerra del Chaco)18.

La lucha contra los movimientos de liberación nacional

Esto sucedió antes de la Segunda Guerra Mundial, pero parece que ni la historia del Chaco ni la brutalidad de la segunda guerra causaron ningún cambio en la conciencia moral de los antiguos beligerantes, o incluso en la de los ganadores, que supuestamente habían luchado por la defensa de la libertad y los derechos humanos. De Gaulle, por ejemplo, que sobresalió como un héroe de la liberación de Francia, no mostró ninguna clase de escrúpulo en la aplicación de medidas similares a Argelia a las que los franceses habían sufrido durante la ocupación alemana. Se percató del peligro para el imperio francés que suponía el surgimiento de las pretensiones nacionalistas argelinas y, en 1944, dio órdenes para evitar que esta colonia escapara de manos francesas. El número de muertes argelinas que provocaron los acontecimientos posteriores fue de 200.000 según algunos historiadores y 500.000 según otros, aunque Marc Ferro, uno de los autores y director del Libro negro del Colonialismo cree que la segunda figura estaría mucho más cerca de la realidad.19. Para poner estas cifras en perspectiva y entenderlas, podemos compararlas con las estimaciones del número de muertes de la Guerra Civil Española, que, en su mayor parte, van un poco más allá de medio millón. En cualquier caso, la lista de este tipo de eventos sería inalcanzable, pero estudiar este interesante tema con más profundidad escapa por completo a las posibilidades de esta obra. La idea que, sin embargo, debemos conservar de todos estos hechos históricos es que los conflictos coloniales nos muestran que ignorar las advertencias de los críticos implicaría perder de vista una parte muy importante de la historia del nacionalismo y las naciones, y eso no nos lo podemos permitir si realmente queremos entender el problema que estamos tratando.

Conflictos y genocidio

Yugoslavia

Pero la guerra por la hegemonía nacional no se ha dado sólo entre los estados-nación ya formados y en la lucha por los dominios coloniales, sino que también puede tratarse de la guerra por la hegemonía territorial dentro de un estado plurinacional o multiétnico. Esto incluiría tanto el uso de la fuerza por los estados controlados por un grupo étnico o nacionalidad dominante, como la lucha entre minorías nacionales dentro del mismo estado para controlar un territorio y expulsar al grupo étnico rival. Este podría ser el caso de Yugoslavia, en el que, según las agencias de noticias del momento, se procedió a una limpieza étnica con pocos precedentes. Elvedin Pasevic, un bosnio musulmán, explica que, por ejemplo, un día llegaron los tanques y convoyes militares a Hrvacani. Abrieron fuego sin previo aviso. La población huyó, aunque quedaron cinco abuelos que, por esta razón, murieron.20 En total, se supone que la exaltación nacionalista, que se agravó con respecto al año 1992 en los Balcanes, causó unas 100.000 víctimas y 1,8 millones de desplazados.

Irak y el Kurdistán

Otro caso paradigmático sería el de la represión salvaje sufrida por los kurdos en Iraq. El conflicto se derivaría de los compromisos alcanzados después de la Primera Guerra Mundial. Aunque en el Tratado de Sevres (1920) Se acordó que los kurdos disfrutaran del derecho a un estado propio, los turcos, dirigidos por Mustafa Kemal, se opusieron. En Lausana, en 1923, se redactó un nuevo acuerdo internacional y se compartió el territorio kurdo teórico entre Turquía, Siria, Irak e Irán.

Los kurdos representaban alrededor del 20% de la población del Iraq y, en 1958, el Gobierno les reconoció ciertos derechos (idioma, publicaciones, transmisiones, educación). Esta situación, sin embargo, sólo prevaleció hasta 1960, cuando se derogaron. En 1970 se llegó a un nuevo acuerdo, pero no prosperó debido a la disputa por el petróleo de Kirkut. En 1990 los kurdos intentaron recibir compensaciones a cambio de apoyar la invasión de Kuwait, pero este intento también fracasó21. El conflicto entre kurdos e iraquíes tendría su etapa más dramática y violenta con Saddam Hussein, quien, entre 1981 y 1984, fue responsable de la tortura y asesinato de 40.000 prisioneros. En total, a los ejércitos de Saddam se le atribuyen la muerte de 100.000 kurdos, aunque las cifras totales durante la dictadura son incalculables22.

La Nakba

Otra página negra en la historia del nacionalismo, en este caso vinculada al nacionalismo sionista, es la Nakba. La Nakba (el desastre en árabe) se originó con el desplazamiento forzado, entre 1946 y 1948, de 711.000 palestinos debido a la guerra entre árabes e israelitas. Según fuentes oficiales judías, los palestinos se marcharon por su propia voluntad o instigados por líderes árabes, pero los acontecimientos que siguieron a estas fechas difícilmente pueden ser explicados por esta versión. Por ejemplo, según el diario El País (15/05/2013), el 70% de los palestinos se marcharon, y un total de 428 poblaciones fueron destruidas. Según el periódico Público (15/05/2013), hubo una limpieza étnica en 1948 y la historia se repite. Benny Morrys, periodista y autoproclamado sionista, en una entrevista con Ari Shavit (Sobre la limpieza étnica en Palestina) afirma que los israelíes cometieron una docena de violaciones de niñas en 1948 y con respecto a las masacres, él mismo nos cuenta la historia:

Según sus descubrimientos, ¿cuántas matanzas perpetraron los israelíes en 1948?

En algunos casos sólo mataron a cuatro o cinco personas, pero en otros hubo hasta setenta, ochenta o cien muertos. También hubo muchos asesinatos arbitrarios, como por ejemplo los de dos ancianos que caminaban por un campo y fueron muertos o una mujer hallada en un pueblo abandonado a la que también mataron. Hay casos como los del pueblo de Al Dawayima [en la región de Hebrón], en el que una columna entró disparando y matando a todo lo que se movía.

Los peores casos fueron los de Saliha (70-80 muertos), Deir Yassin (100-110), Lod (250), Al Dawayima (cientos) y quizás Abu Shusha (70). No hay pruebas inequívocas de una matanza a gran escala en Tantura, pero no cabe duda de que allí se cometieron crímenes de guerra. En Jaffa hubo una matanza de la que no se ha sabido nada hasta ahora, y también en Arab al Muwassi, en el norte. La mitad, aproximadamente, de esas matanzas formaron parte de la operación Hiram [en el norte, en octubre de 1948]: en Safsaf, Saliha, Jish, Eilaboun, Arab al Muwasi, Deir al Asad, Majdal Krum, Sasa. Durante esa operación hubo una cantidad desacostumbradamente alta de ejecuciones de personas contra un muro o cerca de un pozo, como es costumbre.

Eso no puede ser una casualidad, es una pauta de comportamiento. Al parecer, varios oficiales que participaron en la operación entendieron que la orden de expulsión que habían recibido les permitía hacer eso para inducir a la población a abandonar los pueblos. El hecho es que nadie fue castigado por esos asesinatos. Ben Gurion silenció el asunto. Encubrió a los oficiales autores de las matanzas.

Desafortunadamente, aunque Morris reconoce los crímenes de guerra, termina justificándolos con las siguientes palabras:

Y, moralmente hablando, ¿no tiene usted problemas con esas fechorías?

Así es. Tampoco la gran democracia estadounidense se podría haber creado sin la aniquilación de los indios. Hay casos en que el buen fin general justifica los actos implacables y crueles que se cometen en el curso de la historia. Y en nuestro caso justifica el traslado forzoso de toda una población…

¿Se confirma la teoria de Conversi?

Desgraciadamente, parece que la teoría de Conversi queda absolutamente confirmada con estas palabras tan despreciables, mientras que, por un lado, habría que preguntar sobre el progreso de quién habla Morrys (porque no será ni el de los palestinos ni el de los indios americanos), por otro, hay que decir que este criterio estaría en franca consonancia con el criterio de Clemeçeau, que creía que la gloria sólo podía conseguirse a costa del vecino. Si a esto añadimos todo lo que es de dominio público sobre la relación dada entre el nacionalismo, el fascismo y el terrorismo parece que debe haber, como sostienen muchos críticos, un vínculo inexorable entre el nacionalismo y la violencia. Pero, ¿es esta teoría completamente cierta, o surge de ignorar otros hechos o fenómenos históricos? Toca responder a la crítica.

Comunidad tradicional, tolerancia y conflicto

Su poder y su capacidad de extorsión no se hicieron sentir sobre los pequeños nobles, sobre sus parientes, amigos o feudatarios, de los cuales solo esperaba fidelidad y algunos servicios militares. En cambio, los campesinos se hallaban enteramente a su merced. Antiguamente, los esclavos no estaban sometidos a poderes públicos, y solo dependían de su dueño. Para incrementar sus ingresos, los señores jurisdiccionales trataron de suprimir el límite, por otra parte, bastante desdibujado, que separaba los campesinos libres de los esclavos23.

Para situar la cita, diré que proviene de un estudio sobre la vida del campesinado medieval, que puede ayudarnos a hacernos una imagen del “idílico” funcionamiento de las comunidades tradicionales. Bauman las compara con las modernas, que se basan en la identidad y a las que considera como una especie de hermanas pobres que se formaron cuando la verdadera comunidad despareció, dejando a los hombres desamparados. También considera que cuando la comunidad se hace explícita, se debilita y pierde toda cohesión moral. La nación, como un sistema comunitario moderno y consciente de sí mismo, de esta manera y siguiendo el argumento del autor polaco, sería como un sustituto descafeinado para la verdadera comunidad. Bauman no comete el error de idealizar la comunidad tradicional, aunque la considera más natural, pero no compartimos su crítica ni a las comunidades ni a los sistemas de identidad modernos. Tampoco consideramos que las antiguas comunidades sean tan naturales como se supone que son. En cuanto a las supuestas certezas morales y sociales que las sostenían, debemos recordar que incluso en sus supuestos mejores tiempos estaban rodeadas de grandes conflictos, y que muchos agricultores y artesanos tuvieron que abandonar la pretendida vida “natural” para hacerse mercenarios, ya que era imposible sobrevivir de cualquier otra manera en el entorno de guerras, devastación y saqueos en el que Europa se sumergió durante y después de la Edad Media24. Los conflictos más significativos serían los motivados o justificados por la religión, de modo que ciertos vínculos y principios espirituales que en teoría tenían que cohesionar sociedades no eran significativamente más tolerantes o benignos que los principios identitarios modernos. Tampoco debemos olvidar que muchas “comunidades naturales” fueron instituidas artificialmente por los sistemas feudales y monásticos, así como los del Antiguo Régimen, que ataban a los hombres a la Tierra. Del mismo modo, podemos recordar que uno de los problemas más importantes de las pequeñas comunidades era que muchas veces estaban gobernadas por caciques intolerantes, que podían abusar de la población impunemente.

Precisamente por todas estas causas, muchas personas que habían estado vinculadas a este tipo de sociedades huyeron tan pronto como pudieron, por lo que podemos considerar que uno de los factores que causaron las crisis de las comunidades eran sus propias deficiencias humanas y sociales. Desafortunadamente, muchos de aquellos que escaparon de ese ambiente cultural asfixiante se convirtieron en esclavos industriales, pero esto, en ningún caso, hace que las comunidades tradicionales sean buenas o mejores que las modernas. En cualquier caso, la comunidad tradicional no puede confundirse con las comunidades primitivas o con todas aquellas sociedades que agrupaban a varios clanes, que eran realmente naturales pero que la dinámica de la historia también dejó fuera de lugar, haciéndolas ineficientes a medida que las poblaciones humanas crecían en número.

No se puede negar que, se crearan como se crearan, incluso si hubieran surgido como una derivada del feudalismo, si se las dejaba en paz y a pesar de sus caciques, la comunidad tenía la capacidad de conferir una gran estabilidad social y moral. En realidad, cuando uno asume el papel de esclavo, puede terminar creyendo que esta es una condición natural, y aceptar cualquier cosa que hoy en día nos puede parecer inaceptable. De cualquier manera, podemos admitir que los sentimientos de la comunidad pueden ser extraordinariamente positivos y constructivos porque no podemos entender la naturaleza humana fuera de la sociedad, la afectividad y la espiritualidad. Pero si se siguiera el mismo argumento, tendríamos que preguntarnos qué pasaría si dejáramos a las naciones en paz y, en lugar de ser gobernadas por políticos corruptos semianalfabetos, grandes oligarquías económicas, financieras e industriales y todo lo que entendemos con el nombre de “mercados”, estuvieran dotadas de democracias reales. ¿No podrían ser también unidades sociales suficientemente estables y prósperas? Además, si fueran realmente democráticas, creo que podrían ser lugares humanamente más habitables que las viejas comunidades, porque posibilitarían las libertades públicas, quizá haciéndolas compatibles con los lazos espirituales y éticos que las sociedades necesitan. Creo que esta podría ser la superioridad de la nación moderna en comparación con la comunidad tradicional, encantadora y acogedora (sólo en teoría) pero también asfixiante, ya que podía ejercer controles morales extraordinariamente férreos a la población.

Comunidad, moral y ética

El individuo se hallaba fuertemente sometido a la propia comunidad, a las reglas de la casa, a los deberes de reciprocidad y de correspondencia, a las obligaciones del parentesco, de la vecindad, del gremio, de la cofradía, de la parroquia, o de cualquier sociedad de la que formara parte. Cualquiera de los vínculos que aseguraban la supervivencia del individuo, le ataban al mismo tiempo estrechamente, le imponían una serie de normas y obligaciones estrictas que estaban por encima de su propia voluntad individual, obligaciones para con el grupo al que pertenecía y obligaciones para con los miembros del grupo o de la red social a los que estaba vinculado25.

Bauman cree que desde el momento en que la comunidad toma autoconciencia, se desvanece26, pero yo tengo mucha más confianza en la capacidad de los hombres para establecer lazos sociales y éticos plenamente conscientes, por lo que no se puede descartar que podamos crear comunidades humanas a través de vínculos espirituales racionalizados. La ética si no es consciente, no es ética, sino meramente moral, prejuicios o simplemente afectividad. Una comunidad autoconsciente que se sostiene sobre parámetros éticos (racionales), hasta cierto punto, podría ser mucho más fuerte y más solidaria que una comunidad antigua, ya que la justicia no puede depender de sentimientos o de principios teológicos o, simplemente, de la mera costumbre. Sin embargo, creo que para construir una comunidad actualizada debemos imponernos una revolución cultural y axiológica que termine con el individualismo al que estamos sometidos. En cualquier caso, esta revolución se perfilaría sobre un nuevo modelo de modernidad.

La violencia y el imperialismo no nacionalista

El imperialismo es anterior al nacionalismo

Había muchos imperios antes de que los hombres pudieran soñar con una entidad análoga a la nación. El español, por ejemplo, lo erigió una dinastía y un reino, y España, como nación, sólo la heredó, y solamente cuando ya estaba en franca decadencia. Pero si, con el ejemplo de España tenemos algún tipo de duda, ya que podemos pensar que se trataba una nación en período de formación, podemos hablar de los imperios persa, romano, asirio, egipcio, chino o mogol. ¿Y qué relación se les podría encontrar con la nación y el nacionalismo? Los imperios nacionales buscan recursos, pero esto también lo han hecho otros imperios antiguos y otros tipos de entidades sociopolíticas y comunidades humanas, como la ciudad de Atenas, Roma y la propia Cartago.

Principios, compromisos y religión

La relación entre el colonialismo, el imperialismo, las guerras territoriales, el terrorismo no es tan clara, porque hay quienes sostienen que la violencia y el conflicto no pueden vincularse directamente al nacionalismo o, al menos, no es de uso exclusivo del nacionalismo. Anthony D. Smith, por ejemplo, rechaza esta idea al mostrar que antes de los tiempos de las naciones también se luchaba por principios, cosa que demuestran las numerosas guerras de religión y las numerosas formas de persecución religiosa. El estado nacional emergió precisamente como una forma alternativa de comunidad política precisamente por su supuesta capacidad para crear lazos sociales y para superar los interminables conflictos provocadas por las creencias religiosas. Así, en cierta medida, fue una respuesta a la brutalidad sin límites y la falta de piedad que mostró religión. Incluso antes de las naciones, en la construcción de uno de los estados que les precedieron, Federico II de Prusia intentó constituir una comunidad política con la capacidad de integrar diferentes religiones, y hasta parece que pensó en edificar mezquitas en Berlín, aunque este ideal no le impidió entrar en la guerra con otras potencias, como contra Austria.

Nacionalismo y cultura

Smith, además, cree que el nacionalismo ha promovido investigaciones históricas y culturales de todo tipo, ha inspirado notablemente muchas corrientes artísticas y piensa que hay cierto grado de falta de objetividad científica para destacar sólo los aspectos conflictivos del nacionalismo27. Gellner, aunque por otras razones, también considera que el mero hecho de asociar el nacionalismo con una imposición y la violencia es también una simplificación. No se trata de que el nacionalismo, debido a su naturaleza pérfida, intente homogeneizar las culturas, sino que el proceso de homogeneización cultural es también el fruto de una necesidad objetiva. Un estado moderno sólo puede prosperar con una población que se pueda mover fácilmente y que esté culturalmente estandarizada, mientras que las poblaciones analfabetas y depauperadas sueñan con incorporarse desde sus antiguos guetos culturales a algunas de las plataformas del estado, que promete una ciudadanía plena y acceso a la educación y al trabajo28. Otra cosa es con qué se encuentran en la realidad cuando tratan de avanzar sus sueños e incorporarse a la modernidad, ya que a menudo es sólo con trabajos miserables, cobertizos o una barraca de cartón y plástico sin agua corriente ni electricidad.

El genocidio y el mundo antiguo

A la consideración de Gellner aún podríamos añadir un elemento más. Es muy difícil atribuir intrínsecamente un carácter más malvado a la modernidad que a cualquier otro sistema cultural anterior. De genocidios y masacres ha habido muchísimos mucho antes de la llegada de la modernidad y las naciones, y la única peculiaridad que en realidad se puede atribuir éstas es que, por desgracia, exterminan de una manera mucho más eficiente debido a la tecnología. Lo hacen de manera industrial, pero probablemente si muchas otras culturas hubieran dispuesto la capacidad industrial para exterminar, no se habrían comportado de una forma muy distinta a cómo se han comportado los nacionalismos más extremos. Sólo tenemos que pensar en la “mejor” época de los mongoles. Y si no nos podemos imaginar esto, imaginémonos a Clotario o a Carlomagno cristianizando Sajonia con ametralladoras, o a los romanos en Cartago con cañones. También recordamos los brutales sacrificios humanos de los estados precolombinos.

Así, podemos entender que el genocidio no es un producto exclusivo de la modernidad, ya que la modernidad lo ha heredado de la “cultura”, y el deseo de destrucción no está ligado únicamente a la modernidad, sino que, por desgracia, se vincula a la humanidad, en el peor sentido que podemos conferir a la palabra “humanidad”. Por lo tanto, con gran tristeza, debemos decir que esto del Holocausto no es nada singular, como se argumenta, sino que, más bien, es una constante dramática de la historia, de la misma manera que el imperialismo y, hasta que no aceptemos estas verdades, seguirá habiendo genocidios masivos, como los que suceden hoy en día en África y que están cifrados en millones y millones.

Nacionalismo, socialismo y liberalismo

Si la capacidad destructiva del nacionalismo proviene de la modernidad, también debemos pensar que las ideologías no nacionalistas modernas pueden compartirla, ya que muchas veces, debido a su transversalidad, el nacionalismo se mezcla con el socialismo, el liberalismo y otros sistemas de creencias, por lo que se hace extremadamente difícil definir de dónde viene el elemento criminal, si del nacionalismo o de las otras modalidades de pensamiento con los que se ha cruzado. Ni el liberalismo, ni el comunismo, ni el anarquismo son precisamente sistemas de creencias pacifistas y también utilizan los recursos ofrecidos por la modernidad para promover sus proyectos políticos y económicos. Entonces, de la misma manera que atribuimos la criminalidad al nacionalismo, podemos asignársela al socialismo, al anarquismo y al liberalismo. El terrorismo anarquista, que no tiene nada que ver con el nacionalismo, en lugar de lanzar piedras también ha lanzado bombas. Tal vez no ha llegado a los límites a los que han llegado otras ideologías, porque casi nunca, excepto en la Guerra Civil Española, dispusieron del control de aparatos del estado. Sin embargo, cuando pudieron articular sus máquinas represivas no se quedaron atrás y podemos consultar a la prensa si queremos saber algo más sobre este tema: El País,28/10/2007; El Mundo, 14/10/2007; Forum Libertas, 10/10/2007; Elmanifiesto.com, 9/04/2008.

Sin embargo, nada de lo que han hecho los anarquistas se puede comparar con lo que describe el El libro negro del comunismo o La terapia del Shock, que hablan con gran claridad sobre el rostro real del comunismo y el liberalismo. En cuanto al comunismo, debemos recordar que se atribuyen 20 millones de víctimas a la URSS, 65 millones en China, 1 millón en Vietnam, 2 millones en Corea del Norte, 2 millones en Camboya, 1 millón en Europa del Este, etc. 29, y eso batiría todos los récords de criminalidad universal e histórica. También podría atribuirse tal exacerbación criminal al nacionalismo ruso o chino, apelando a las particularidades de un sentimiento nacional, o también se podría decir que ni los movimientos comunistas chino o ruso eran verdaderamente comunistas, y que en realidad eran fascistas, como se suele hacer muchas veces. Sin embargo, para sostener esta idea es necesario violar la realidad hasta extremos inimaginables. En el fondo, es una respuesta cómoda que permite a los comunistas desvincularse de cualquier responsabilidad moral ligada a su historia, transfiriendo la culpa a los demás, como lo hacen los niños cuando acusan al perro si han sido sorprendidos rompiendo un jarrón. Del liberalismo, hablaremos inmediatamente, pero, para empezar, podemos decir que a partir del año 1990 se le atribuyen más de 8 millones de muertes sólo en el Congo debido a los recursos minerales a los que aspiran grandes empresas transnacionales que no tienen relación ni con la nación o el nacionalismo. Y el Congo no es el único caso.

Terrorismo religioso

En cuanto a la vinculación entre el terrorismo y el nacionalismo también podríamos manifestar, como existe un terrorismo religioso, que la violencia es consustancial a la religión, pero para defender esto debemos centrarnos exclusivamente en los aspectos negativos de la religión. Sin embargo, no considero ilegítimo, ahora que la memoria histórica está más de actualidad que nunca, hacer un breve resumen de la historia negra de esta familia de sistemas de creencias, ya que la violencia religiosa se ha ejercido desde muchas esferas y en todo momento de la historia. Probablemente, comenzó con los sacrificios rituales y terminó promovido por grandes instituciones, estados y reinos, como, por ejemplo, la persecución romana contra los cristianos (que parece haber sido muy exagerada) o la de los cristianos contra la misma civilización clásica, contra los albigenses o contra los pueblos germánicos. Algunas fuentes sostienen que en las cruzadas que se organizaron contra los albigenses, entre los años 1209 y 1229, fueron masacrados entre uno o dos millones de personas, todo una marca si la ponemos en relación con los medios que se tenían en esos momentos y considerando la población que habitaba el viejo continente en la época30,, aunque no he podido contrastar la fuente de estos datos y parece extremadamente exagerada31. Un informador mucho más fiable es Karlheinz Dreschner.  En su Historial criminal de cristianismo, por ejemplo, habla de la sangrienta “cruzada” contra los sajones. En general, quien se oponía a aceptar la Revelación eran las clases bajas, ya que la concebían como un símbolo de esclavitud y de dominación extranjera, por lo que odiaban al clero (se recuerda que las guerras francas contra los sajones se remontan al año 629, en el que Clotario II ordenó el asesinato de todos aquellos que eran más altos que su espada). De hecho, las conversiones fueron forzadas y donde no llegaba la espada no las había. Las clases nobles eran más receptivas porque se beneficiaron del estado de las cosas que legitimaban los nuevos maestros espirituales. El degollamiento fue una de las estrategias “espirituales” mediante las cuales se extendió la “buena nueva”, y este fue el método utilizado por Carlomagno cuando cruzó el Weser en dirección a Westfalia:

con ánimo de no abandonar hasta que los sajones vencidos se hubiesen sometido a la religión cristiana o hubieran sido exterminados por completo32.

También podríamos recordar las Cruzadas, las guerra santas del islam, o la guerra entre católicos y calvinistas, que ocurrió entre 1562 y 1598, etc. Este tipo de violencia también está relacionada con los principios y no es nacionalista. Así que debemos recordar a Kedourie y a muchos otros críticos (como hace Smith) que, con el afán de deslegitimar el nacionalismo, se olvidan de elementos y acontecimientos importantísimos en la historia de la humanidad.

La historia negra del liberalismo

Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente. (Friedrich Von Hayek33)

También podríamos recordar que muchas de las guerras y conflictos modernos atribuidos al nacionalismo son más bien el resultado de la aplicación de criterios y doctrinas liberales que defienden tan firmemente muchos detractores del nacionalismo. Deberíamos navegar un poco por el libro de Naomi Klein, La doctrina Shock.El auge del capitalismo del desastre para darse cuenta de este hecho. Para empezar, podríamos hablar del golpe de estado de Pinochet. Según Naomi Klein, se inspiró en la ideología de la escuela de Chicago que, contrariamente a lo que pretende hacer el nacionalismo, trata de limitar al mínimo las estructuras del estado, aunque el liberalismo no tiene ningún problema con el estado cuando intenta enviar policías a apalear los manifestantes que se rebelan contra la explotación y la esclavitud a las que muchas veces nos someten los poderes económicos:

«Antes del mediodía del miércoles 12 de septiembre de 1973, los generales de las fuerzas armadas que desempeñaban cargos de gobierno tenían el plan sobre sus escritorios34» Las propuestas que aparecen en ese documento final se parecen asombrosamente a las que hace Milton Friedman en Capitalismo y libertad: privatización, desregularización y recorte del gasto social; la santísima trinidad del libre mercado. Los economistas chilenos habían tratado de introducir estas ideas pacíficamente dentro de los confines del debate democrático, pero habían sido rechazadas de forma abrumadora. Ahora los Chicago Boys y sus planes habían vuelto en un clima mucho más permeable a su punto de vista radical. En esta nueva era no era necesario que nadie estuviera de acuerdo con ellos. Sus opositores políticos más enconados estaban o encarcelados o muertos o huidos; el espectáculo de los cazas de combate y las caravanas de la muerte mantenía a todo el mundo a raya35.

En general, el libro de Naomi Klein, aunque nada dice sobre la inflación que provoco la incompetencia de Allende (del 600%, cosa que desestabilizo hasta extremos insospechados toda la sociedad chilena) hace una descripción detallada de los resultados catastróficos producidos por las políticas neoliberales promovidas por la escuela de Chicago y los seguidores de Milton Friedman. Nos habla de sus consecuencias desde la década de 1970 en lugares como Polonia, Sudáfrica, Brasil, Uruguay, Rusia, Argentina, etc. Y si para aplicarlas, era necesario invadir un país entero, como Irak, no había ningún problema, siempre y cuando se pueda encontrar una justificación lo suficientemente creíble como para ofrecer a la opinión pública:

Los arquitectos de esta invasión creían firmemente en la doctrina del shock: sabían que mientras los iraquíes estuviesen ocupados en las emergencias diarias, el país podría ser vendido al mejor postor y los resultados podrían anunciarse como hechos consumados. (…) La invasión de Irak se vendió a la opinión pública sobre la base de armas de destrucción masiva porque, como explicó Paul Wolfowitz, esas armas eran «el único punto sobre el que todo el mundo podía estar de acuerdo».36

En lugar de atribuir a los criterios neoliberales y liberales este tipo de acciones, podríamos atribuirlas, sin embargo, a las naciones, ya que entendemos que tienen como objetivo aumentar el dominio nacional, como defendió Clemençeau, aunque en estos casos los grandes beneficiarios serían los Estados Unidos. Pero este argumento se enfrenta a un problema. Sin pensar que debemos considerar totalmente ilegítimo que una nación pueda prosperar a expensas de causar desastres y conflictos en naciones extranjeras, si entendemos, como entendían a los fundadores del nacionalismo, que la nación es la comunidad nacional (ya sea entendida de la manera cívica, ya sea entendida de manera orgánica), debemos analizar si las comunidades nacionales ganan algo con todos estos golpes de estado, guerras, conflictos y negocios asociados. No es precisamente el caso: mientras las grandes corporaciones y los oligarcas financieros se benefician, la gran masa de ciudadanos es ajena a cualquier beneficio. Además, a todo esto, hay que añadir que con sus impuestos pagan muchas de estas aventuras de guerra, mientras que ninguno de los beneficios de las empresas que participan en la “reconstrucción” revertirá la sociedad. Por lo tanto, los costos de las guerras se socializan, tanto económicamente como en vidas humanas, pero los ingresos se privatizan. Lo contrario de lo que definir a la nación: la comunidad nacional. Esta es la opinión de Naomi Klein:

Sadam no representaba ninguna amenaza para los Estados Unidos, pero sí para las empresas energéticas del país, ya que acababa de firmar contratos con una gigante petrolera rusa y estaba en negociaciones con Total (Francia). Las petroleras estadounidenses y británicas veían que se quedaban sin nada; las terceras reservas más importantes de petróleo del mundo se estaban escapando de las manos angloamericanas37.

De hecho, muchos de los conflictos atribuidos a las naciones y al nacionalismo son más atribuibles a entidades con ciertos intereses económicos que están mucho más allá de la nación. Por lo general, se trataría de todo un conjunto de individuos, empresas, instituciones financieras y una clase social y política que no piensa en términos nacionales, sino en términos de intereses privados. Este sistema de pensamiento no es en absoluto nacionalista, sino el mismo que promueve la globalización con la idea de unificar el mercado mundial y eliminar cualquier tipo de regularización. Conversi piensa que, al igual que el nacionalismo, la globalización está destruyendo estilos de vida y comunidades muy diferentes, ejerciendo medidas de homogeneización sin precedentes38, y si preguntamos quién está ganando con la globalización y el aplanamiento sistemático de la estructura de la demanda global, la respuesta no serán las naciones, sino muchas grandes empresas, que supongo que estarán muy agradecidas al inestimable servicio que le prestan tantos movimientos y asociaciones zurdas supuestamente multiculturalistas.

Del mismo modo, no parece muy difícil y a priori, calificar de nacionalistas las actividades relacionadas con la explotación imperial en el siglo XX. Pero, es más difícil explicar cómo es posible que una ideología que da una dignidad a las personas debido a su condición de ciudadanos o sus orígenes comunes las explote y margine. En la Inglaterra imperial, por ejemplo, había una situación social tan catastrófica que hizo pensar al señor Cecil Rhodes que, para evitar una guerra civil, la gente debía ser enviada a las colonias. Esto es lo que nos describe Engels sobre la vida de los obreros en la época más gloriosa de la historia del Imperio:

En esta guerra social, el capital, la propiedad directa o indirecta de las subsistencias y de los medios de producción es el arma con la cual se lucha; asimismo está claro como el día, que el pobre sufre todas las desventajas de semejante estado: Nadie se preocupa de él; lanzado en este torbellino caótico, tiene que defenderse como pueda. Si tiene la suerte de encontrar trabajo, es decir; si la burguesía le concede la gracia de enriquecerse a su costa; obtiene un salario que apenas es suficiente para sobrevivir; si no encuentra trabajo, puede robar, si no teme a la policía, o bien morir de hambre y aquí también la policía cuidará que muera de hambre de manera tranquila, sin causar daño alguno a la burguesía.

Durante mi estancia en Inglaterra, la causa directa del fallecimiento de 20 ó 30 personas fue el hambre, en las condiciones más indignantes, y en el momento de la investigación correspondiente, raramente se halló un jurado que tuviera el valor de hacerlo saber claramente. Las declaraciones de los testigos tenían que ser muy sencillas y claras, desprovistas de todo equívoco, y la burguesía ―entre la cual se había seleccionado el jurado― siempre hallaba una salida que le permitía escapar a este terrible veredicto: muerte por hambre. La burguesía, en este caso, no tiene el derecho de decir la verdad, pues sería en efecto condenarse a sí misma. Pero, indirectamente también, muchas personas mueren de hambre ―aún mucho más que directamente― porque la falta continua de productos alimenticios ha provocado enfermedades mortales que causan víctimas. Esas personas se han hallado tan débiles que en ciertos casos que en otras circunstancias hubieran evolucionado favorablemente, implican necesariamente graves enfermedades y la muerte. Los obreros ingleses llaman a esto el crimen social, y acusan a toda la sociedad de cometerlo continuamente. ¿Tienen razón?

Desde luego, sólo mueren de hambre individuos aislados, pero, ¿en qué garantías el trabajador puede fundarse para esperar que no le sucederá lo mismo mañana? ¿Quién le asegura su empleo? ¿Quién le garantiza que, si mañana es despedido por su patrón por cualquier buena o mala razón, podrá salir bien del apuro, él y su familia, hasta que encuentre otro empleo que le “asegure el pan”? ¿Quién certifica al trabajador que la voluntad de trabajar es suficiente para obtener empleo, que la probidad, el celo, el ahorro y las numerosas virtudes que le recomienda la sabia burguesía son para él realmente el camino de la felicidad? Nadie. Él sabe que hoy tiene una cosa y que no depende de él el tenerla mañana todavía; él sabe que el menor soplo, el menor capricho del patrón, la menor coyuntura económica desfavorable, lo lanzará en el torbellino desencadenado al cual ha escapado temporalmente, y donde es difícil, con frecuencia imposible, el mantenerse en la superficie. Él sabe que, si bien puede vivir hoy, no está seguro que pueda hacerlo mañana39.

¿Y cómo podemos considerar como nacionalistas a un grupo de empleadores, políticos, funcionarios, jueces y otras personas que ignoran sistemáticamente las necesidades y la miseria de la nación? En realidad, serían sus enemigos, como lo eran los nobles de Sieyes.

Evidentemente exonerar absolutamente el nacionalismo de cualquier pecado sería cometer el mismo error reduccionista que comete muchos críticos antinacionalistas. Debido a los principios nacionalistas ha habido mucha criminalidad. Este sería el caso de la Nakba, ETA, Yugoslavia, la persecución de los kurdos, y también el nacionalsocialismo que pretendía elevar la nación y conceder privilegios ilegítimos a sus ciudadanos a expensas de colonizar Europa del este, etc. Y si reflexionamos un poco más, seguramente encontraríamos más casos. Aunque esto no invalida los principios del nacionalismo, es necesario ejercitar una reflexión crítica de la historia del nacionalismo, en el que los nacionalistas deben asumir la responsabilidad moral de sus errores y de sus crímenes, porque sólo a partir de esta responsabilidad, podemos repensar un nuevo modelo de nacionalismo que se oponga efectivamente a la globalización y al multiculturalismo, adecuado para el siglo XXI y que respete la vida de las culturas ajenas de la misma manera que las personas deben respetarse mutuamente en una comunidad de comunidades. Esta autocrítica también se la debería hacer la izquierda en relación con su propia historia, ya que sólo así se reconciliará con las clases sociales a las que supuestamente trata de proteger40. Y esta reflexión que hacemos sobre la izquierda y el nacionalismo no es casual, ya que un nacionalismo auténtico, si pensamos como Sieyés y los nacionalistas originales (también románticos) que el nacionalismo es la comunidad nacional, el nacionalismo sólo puede entenderse como una forma de socialismo, como una comunidad que protege a todos sus miembros, mientras que debe ser respetuosa con el resto de las comunidades nacionales. Dicho esto, es hora de que entremos en la materia y comencemos a estudiar lo que esto es de la nación.

Liberalismo y capitalismo

En todo caso, para concluir este apartado, debo añadir un apunte. Los liberales se oponen al nacionalismo y al imperialismo como ideología y como forma de interacción entre pueblos y comunidades, pero defienden el capitalismo. En este sentido manifiestan que el capitalismo ha sido la forma más eficiente de creación de riqueza y también piensan que ha favorecido el desarrollo tecnológico, cosa que al final nos ha favorecido a todos, pero se olvidan de tres cosas.

  • En primer lugar, que el capitalismo se pudo desarrollar hasta los extremos en que lo hizo por causa de la explotación imperial y el robo de recursos de mucha colonias que efectuaron determinadas naciones con sus ejércitos. Con estos procedimientos los capitalistas obtuvieron sus recursos y, sin esta manera de “interactuar”, no se hubieran alcanzado las cotas de desarrollo económico y de progreso que alcanzaron las modernas sociedades capitalistas.
  • En segundo lugar, que las naciones crearon una administración racionalizada y uniformizaron culturalmente muchas poblaciones, cosa que favoreció la movilidad y la eficiencia comunicativa, y ésta fue la base política y cultural sobre la cual el capitalismo encontró un sustrato más que adecuado para prosperar.
  • Además, un gobierno centralizado era más que adecuado para los capitalistas, ya que en él podrían poner sus piezas, manipularlo y conseguir una legislación a su medida que afectara a todo el mundo. También tomaba las decisiones más favorables para sus intereses, como la de declarar guerras coloniales tan brutales como las del opio.

Así, aunque los liberales ejerzan actualmente una crítica despiadada contra las naciones y el imperialismo, sin ellos no se hubiera podido desarrollar la sociedad capitalista, no hubiera existido una acumulación de capital tan masiva y no hubiera sido un sistema tan eficiente de creación de riqueza. Quizá ni siquiera se hubiese desarrollado. En todo caso, la actual critica liberal al nacionalismo viene de la mano de una apología de la globalización. Con la globalización el capitalismo ya no tendrá ninguna necesidad de las naciones, ya que las grandes corporaciones empresariales podrán saquear los recursos mundiales directamente y sin traba alguna, pero para ello necesitan eliminar cualquier obstáculo legal. Creo que es por este motivo que el liberalismo ha dejado de ser el compañero y socio de las naciones convirtiéndose en su principal detractor. De hecho, en muchos casos no le resultan útiles y las ve como un obstáculo. Además, la globalización está ejerciendo un nuevo régimen presión sobre todos los sistemas lingüísticos y de cultura uniformizándolos tal y como hizo el nacionalismo durante el siglo XIX, pero lo hace a la escala máxima. En este objetivo las naciones representan un obstáculo que debe ser aniquilado.

4Bauman, Zigmunt. Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil. Madrid. Siglo I. 2003. P. 22

5Bauman, Zigmunt. Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil. Madrid. Siglo I. 2003. P. 20

6Minogue. K.R. Nacionalismo. Buenos Aires. Ediciones Hormé. pp. 42, 43

7Cfr.Conversi, Daniele. Genocide, Ethnic Cleansing and Nationalism. 2006.

8Blas Guerrero, Andrés de. Nacionalismo e ideologías políticas contemporáneas. Madrid. Espasa. 1984. p. 93

9Orwell, George. Notes on Nationalism. New York. Harcourt, Brace and Company, 1953. p, 96. Citat per: White, Richard. Herder: On the Ethics of Nationalism. Creighton University. 2005. Humanitas. Volumen XVIII, Nos. 1 and 2. pp. 166-181

10Kohn, Hans. El nacionalismo. Su significado y su historia. Buenos Aires. Paidós. 1966. p. 49

11Kohn, Hans. El nacionalismo. Su significado y su historia. Buenos Aires. Paidós. 1966. p. 114

12Keynes. Citat per Minogue. K.R. Nacionalismo. Buenos Aires. Ediciones Hormé. pp. 33, 34

13Lenin. El imperialismo, fase superior del capitalismo. Moscú. Progreso. 1989. p.78

14Ferro, Marc. El libro negro del colonialismo. Madrid. La esfera de los libros. 2005. p. 343

15Lenin. El imperialismo, fase superior del capitalismo. Moscú. Progreso. 1989. pp. 7, 76

16Ferro, Marc. El libro negro del colonialismo. Madrid. La esfera de los libros. 2005. p. 263.

http://es.wikipedia.org/wiki/Ocupaci%C3%B3n_estadounidense_de_Hait%C3%AD_%281915-1934%29#Efectos_de_la_ocupaci.C3.B3n_en_Hait.C3.AD

17Podemos encontrar una descripción detalla de este conflicto y les sus causas en la siguiente dirección de Internet: http://www.inventario22.com.ar/textocomp.asp?id=31837. García, Gonzalo. La guerra de la triple infamia y el genocidio del pueblo paraguayo.

18Ferro, Marc. El libro negro del colonialismo. Madrid. La esfera de los libros. 2005. p. 241

19Ferro, Marc. El libro negro del colonialismo. Madrid. La esfera de los libros. 2005. p. 659

20El País, 9 de julio de 2012

21Panpin, María Inés. El conflicto kurdo en Irak. Transoxiana.org.

http://www.transoxiana.org/0105/kurdosIrak.html#sdfootnote2sym

22La Factoría Histórica. El genocidio kurdo. http://factoriahistorica.wordpress.com/2011/10/31/el-genocidio-kurdo/

23Duby, George. Economía rural y vida campesina en el Occidente medieval. Barcelona. Altaya. 1999. Pp. 247, 248

24Católicos contra Protestantes: La guerra de los 30 años. Documental multimedia. 2DFDokukanal. https://www.youtube.com/watch?v=JBW6f7gqwEM

25Imicoz Benzua, José María. Elites, poder y red social. Las élites del País Vasco y Navarra en la Edad Moderna. Bilbao. Servicio Editorial Universidad del País Vasco. 1996. P.24

26Bauman, Zigmunt. Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil. Madrid. Siglo I. 2003. P. 18

27Smith, Anthony D. Las teorías del nacionalismo. Barcelona. Península. 1976. pp. 39, 41

28Gellner, Ernest. Naciones y nacionalismo. Madrid. Alianza Universidad. 1977. p. 67

29Curtois, Stéphane (y otros autores). El libro negro del comunismo. Barcelona. Ediciones B. 2010. p. 19

30Plaistet, David A. Estimación del número de muertos por el papado durante la Edad Media y más tarde. 2006.

http://www.historiayverdad.org/Estimacion-del-Numero-de-Muertos-por-el-Papado-en-la-Edad-Media-y-Mas-Tarde-sf.pdf.

31http://www.editoriallapaz.org/apocalipsis_extracto_albigenses_valdenses.htm 32Dreschner, Karlheinz. Historia criminal de cristianismo. Alta Edad Media. El auge de la dinastía carolingia. Barcelona. Ediciones Martínez Roca, S. A. 1995. pp. 144-149

33El Mercurio (12-4-1981)

34Juan Gabriel Valdés. Pinochet’s Economists: The Chicago School in Chile. Citado per Klein, Naomi. La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Madrid. Editorial Planeta. 2007. p. 112. El golpe de estado se produjo el 11 de septiembre.

35Klein, Naomi. La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Madrid. Editorial Planeta. 2007. p. 112

36Klein, Naomi. La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Madrid. Editorial Planeta. 2007. pp. 432,433

37Klein, Naomi. La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Madrid. Editorial Planeta. 2007. pp. 417

38Conversi, Daniele. Genocide, Ethnic Cleansing and Nationalism. 2006. Conclusión.

39Cfr.Engels, Friedrich. La situación de la clase obrera en Inglaterra. www.marxism.org.

40Farrerons, Jaume. Presentación del libro La manipulación de los Indignados: Stéphane Hessel y la decadencia del Movimiento 15-M en la Universidad de Girona. (15/01/ 2013). http://www.intra-e.com/videos/video.html

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